No hace mucho alguien muy especial me dijo que siempre es bueno escribir sobre aquello que te llega, que deja mella en ti o te da qué pensar. Por ello, hoy me he decidido hablar del teatro en general y la obra que disfruté ayer en particular. Esta es "Conversaciones con mamá", protagonizada -y representada en su totalidad- por Juan Echanove y María Galiana, a los que probablemente conoceréis por la ya legendaria serie "Cuéntame cómo pasó". Echanove interpreta a Jaime, un hombre de unos cincuenta años visiblemente acabado, en paro, que lleva una vida bastante fuera del alcance de sus posibilidades, con una hipoteca asfixiante, un colegio privado que pagar mes a mes para unos hijos a los que apenas conoce y una mujer -y suegra, por si fuera poco- que le amargan la existencia. Os sonará esto ¿no? A mí también. Galiana interpreta a su madre, una mujer de ochenta y dos años que vive la vida sin preocupaciones, pero lo más importante, que es feliz. Felicidad... aunque parezca lo más simple del mundo, en muchas ocasiones es lo más complicado. No seguiré contando más detalles sobre esta historia, es preferible que la descubráis vosotros mismos. Pero sí os haré -como siempre intento- reflexionar.
No fueron necesarios muchos minutos sentada en aquella butaca para comprender que lo que pasaba ante mis ojos no era otra cosa que la vida misma. La vida misma, si señor. Pero no solo eso, sino las diferentes formas de afrontarla, personificadas en dos seres desternillantes a los que no puedes -ni quieres- dejar de escuchar atentamente durante todo el acto. Jaime corresponde al prototipo de persona preocupado por su existencia, por la hipoteca, los hijos, su mujer, su suegra, preocupado por la vida. Jaime es una de esas personas que sobrevive -no vive- al día a día, con una amargura angustiante, que hasta era capaz de producirme dolor de estómago. Su madre, sin embargo, es una persona mayor, madura y por ello, como es lógico, más sabia y con experiencias dolorosas y difíciles a su espalda, que mira la vida de una forma completamente distinta, con ilusión, con felicidad.
Al tiempo que la obra iba desarrollándose, en mi cabeza se formaba una idea. Aquellos personajes no eran otra cosa que dos actitudes, dos actitudes ante la vida, ante los acontecimientos que ésta nos presenta. Personajes que experimentan una evolución bestial, la seguridad y determinación del hijo, su apariencia de éxito, acaban desvaneciéndose hasta tal punto que él mismo admite tener una vida basada en eso, en la mera apariencia, en una familia feliz que "pasa las vacaciones en Tenerife comiendo grandes hamburguesas, conduce un 4x4 y lleva a sus hijos al mejor colegio privado de la ciudad". Podemos ver cómo se convierte en un pequeño ser asustado, temeroso de su propia vida, que termina llorando a los pies de su madre, una mujer anciana, que a pesar -o tal vez por ello- de ser consciente de la corta vida que le queda, la mira a la cara con ilusión. ¿Paradójico no? Por supuesto, como la vida misma. Pura paradoja.
Sin embargo, a pesar de cómo me maravilló todo aquello, sentí algo de desazón. Sí, desazón, esa es la palabra. Si miraba a mi alrededor tan solo veía personas mayores. En aquella sala los más jóvenes éramos yo y mi acompañante. La media de edad de aquellas personas me asustaba, en comparación con la nuestra. ¿Por qué? ¿Debía sentirme yo extraña en aquel momento? ¿Fuera de lugar? Lo cierto es que no era aquello lo que más me importaba. Me preocupé más por algo que ya es un hecho. La gente joven, la gente de mi edad, apenas pisa un teatro. Tal vez sea por la educación que han recibido, tal vez no hayan sido educados en esta costumbre antagónica, o tal vez ni se lo plantean directamente. ¿Teatro? ¿Qué es eso? Eso es para ricachones, para pijos o viejos. Triste realidad, sí. De poco o nada sirve que yo intente persuadir, en este artículo, a los jóvenes, para que dediquen algo de su tiempo a mirar, a ver algo que realmente merezca la pena, en lugar de malgastar su tiempo sin este merecerlo.
Sin embargo, a pesar de cómo me maravilló todo aquello, sentí algo de desazón. Sí, desazón, esa es la palabra. Si miraba a mi alrededor tan solo veía personas mayores. En aquella sala los más jóvenes éramos yo y mi acompañante. La media de edad de aquellas personas me asustaba, en comparación con la nuestra. ¿Por qué? ¿Debía sentirme yo extraña en aquel momento? ¿Fuera de lugar? Lo cierto es que no era aquello lo que más me importaba. Me preocupé más por algo que ya es un hecho. La gente joven, la gente de mi edad, apenas pisa un teatro. Tal vez sea por la educación que han recibido, tal vez no hayan sido educados en esta costumbre antagónica, o tal vez ni se lo plantean directamente. ¿Teatro? ¿Qué es eso? Eso es para ricachones, para pijos o viejos. Triste realidad, sí. De poco o nada sirve que yo intente persuadir, en este artículo, a los jóvenes, para que dediquen algo de su tiempo a mirar, a ver algo que realmente merezca la pena, en lugar de malgastar su tiempo sin este merecerlo.
Lo que si -creo- que merecerá la pena es tener en mente, admirar y ante todo agradecer el trabajo que realizan actrices como Maria Galiana, sabios de la profesión que a pesar de su avanzada edad son capaces de aprenderse textos interminables y realizar giras por distintas ciudades, grabar series de televisión durante décadas, con ilusión y empeño, hasta el fin de sus días. Son muchos como ella, el gran Toni Leblanc o la cómica Mariví Bilbao, que falleció esta misma semana, los que nos deleitan con su creatividad en el cine y teatro español, haciendo algo para mí, admirable. Haciendo teatro, recreando la vida.
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