martes, 12 de febrero de 2013

¿Creencia o fanatismo?

Hoy voy a hablar de un tema de esos de los que todo el mundo ha oido hablar pero nadie conoce en profundad, uno de los "he oido campanas pero no sé dónde" de nuestra sociedad, uno de tantos realmente. ¿Quién no ha oido hablar alguna vez de los Testigos de Jehová? Todo el mundo los conoce. La mayoría los relacionará con esos que llaman a tu puerta un domingo por la mañana demasiado pronto, con ropa de ir a misa (permítaseme la gracia) y libros en mano. Este ritual lleva acuñado el verbo "predicar". Pero no nos adelantemos, empecemos, aunque muy brevemente, desde el principio. Un tal Charles Taze Russell, originario de Pensilvania, da origen a esta "religión" allá por 1870, cuando comienza a reunirse con unos amigos para estudiar la Biblia en mayor profundidad. Podría decirse que este fue el origen de todo, un todo que fue evolucionando cada año hasta llegar al día de hoy. Sería interesante detenerse en cada una de las etapas y cambios que ha sufrido esta creencia a lo largo de los años, pero también resultaría muy largo y pesado, así que intentaré sintetizar en la medida de lo posible.

 
Creemos un personaje, una niña, para explicar la vida de un testigo de Jehová. Pongámosle un nombre bíblico (como es costumbre). Sara (esposa de Abraham). Sara tiene seis años. Cada sábado asiste con sus padres a una reunión (parecido a la misa católica) en la que un hombre, llamado "anciano" (comparémosle con un cura), lleva a cabo un ritual (llamémosle misa), ritual en el que los asistentes tienen un papel relativamente activo. Además, Sara va con sus padres y otros "hermanos" a predicar (ritual del que hemos hablado al principio). Sara no puede jugar con otros niños de su colegio, ya que son "mundanos" y eso no es conveniente para ella. Sus amigos deben ser otros "hermanos", a los que verá en las reuniones que ya hemos mencionado. Llega la Navidad y Sara no puede cantar villancicos en el colegio, pintar árboles o estrellas fugaces o belenes o muérdagos, porque no es correcto, ya que Jesús no nació el 25 de diciembre, sino otro día. Pero no importa el día en que nació Jesús, dice su madre, pues el día en que naciste no debe ser celebrado. Será un día como otro cualquiera, no habrá felicitaciones ni por supuesto, velas que soplar. Tampoco habrá disfraces en Carnaval, ni mona en Pascua, y Sara deberá inventarse cualquier excusa para no asistir a los cumpleaños a los que sea invitada. Sara estudia la Biblia, una "hermana" va expresamente a su casa para prepararla, y que pueda ser bautizada más adelante, en una de las "Asambleas" que se celebran, especialmente en verano, concretamente en Benidorm. Sara tiene que someterse a una operación de apendicitis y sus padres no firmarán el papel por el cual los médicos pueden hacerle transfusiones de sangre en caso de complicación, poniendo así su vida en peligro, porque los testigos de Jehová no toleran ese "intercambio" de sangre, así como tampoco comen morcilla o cualquier alimento que la contenga. Sara no puede fumar, beber o salir con chicos que no "estudien la Biblia", y si resulta que sí lo hacen, no podrá mantener relaciones sexuales hasta el matrimonio, que se celebrará cuando ella cumpla dieciocho años, y se consumará con el primer hijo de la pareja, por lo que ella deberá abandonar sus estudios y permanecer en casa cuidando de su familia como una buena esposa, mientras el marido en cuestión también abandona los suyos para poder trabajar y ser un buen esposo. Este matrimonio no podrá divorciarse bajo ningún concepto, tan solo en caso de infidelidad, y si esto ocurriera, el "culpable" de dicha roptura sería "expulsado" de la Congregación, nadie podrá intercambiar ni una palabra con él, ni él con nadie, hasta que el "anciano" decida el futuro de este alguien. Sara educará a sus hijos de la misma manera que ella ha sido educada, y estos a los suyos, y así sucesivamente, porque si algo caracteriza esta creencia es la "fidelidad" de sus creyentes. Todo ello tendrá un único y valioso objetivo, EL objetivo: poder vivir eternamente en el "Paraíso" cuando todo acabe, cuando llegue ese "fin del Mundo" esperado, un final del que solo se salvarán los "hermanos", aquellos que hayan cumplido todo lo que Jehová ordena. Un final que cada vez está más cerca, un cataclismo que terminara con el planeta.
Cuando todo termine, ellos revivirán, serán jóvenes y fuertes, no habrá enfermedades, los tigres comerán hierba y ningún ser vivo se alimentará de otro... Eso es el Paraíso, la vida eterna. 








Este es el perfil de un testigo de Jehová en la actualidad, en el país en el que vivimos. Dejaré que cada uno reflexione y juzgue por sí mismo, yo debo ser totalmente objetiva, y eso he intentado. 

Dejaré ahora mi objetividad a un lado. Es difícil vivir con esa soledad, esa incertidumbre de creer que estamos solos en el Universo, abandonados a nuestra suerte, esa incertidumbre de no saber, no saber qué habrá después de la muerte. No es necesario que diga esto, creo que es bastante obvio: la muerte es lo que más preocupa al ser humano. Y digo el ser humano porque los animales no son conscientes de que van a morir, podríamos decir que tienen esa "suerte". Pero ¿qué nos sucederá a nosotros? Muchos diréis muy relajados y tranquilos que al morir os pudriréis en un nicho de granito o vuestras cenizas serán lanzadas al mar, por poner un ejemplo. Pero ahora reflexionad: ¿estáis cómodos pensando eso? ¿No os asusta? ¿No sentís un miedo, un vacío terrible en el cuerpo al pensar en cómo será dejar de existir? De ahí derivan las historias de fantasmas, los Paraísos prometidos o el Cielo o el Infierno o el (nuevo) Purgatorio. Y de ahí derivan también, en gran parte, las religiones. Mucha gente se mofa de las personas "creyentes", de aquellos que creen en un "Alguien" que todo lo ve, de aquellos que "viven para hacer lo correcto y volver a vivir en un mundo mejor", como es el caso del que hemos hablado. Pero ¿qué siente esa gente al pensar en la muerte? ¿Qué se plantea? ¿Con qué se consuela? 

Es algo tan complicado que podría convertirlo en una tesis doctoral. La clave está en saber diferenciar entre simple creencia o un total fanatismo. Puedes creer para hacer de tu vida algo más fácil, por proporcionarte esa seguridad tan necesaria; el problema llega cuando vives para ello, cuando "vives para hacer lo correcto y así poder vivir una vida posterior porque esta no vale la pena". Lo cierto es que hagamos lo que hagamos, seamos quien seamos, al fin y al cabo todos tenemos el mismo final; así que tal vez sea preferible vivir lo más felizmente posible, solo "por si acaso", por si acaso ese "Nuevo Mundo" no llega nunca, porque de eso no podemos estar completamente seguros ¿no?

lunes, 21 de enero de 2013

Gabriel

Hoy voy a intentar relataros una anécdota curiosa y peculiar donde las haya, con ritual funerario incluido, algo que me ocurrió hace varios días y no me dejó indiferente. Era de noche, hacía frío y viento, y esa misma mañana de domingo había encontrado a Vladimir -mi pequeño hamster ruso- tumbado con una posición muy extraña en su jaula, demasiado quieto. Me propuse prepararle un entierro lo más digno posible y acudí, cuchara en mano, a un parque cercano. Despidiéndome de él estaba yo, echando un poco de tierra sobre su tumba, cuando oí a un hombre detrás de mí, un hombre que reclamaba mi atención. Me había pillado, como el que dice, con las manos en la masa, o llenas de tierra húmeda en este caso. Este hombre se llamaba Gabriel. Tendría unos treintaypocos y vestía un chándal desgastado y una gorra con el escudo del Real Madrid. Tras él arrastraba toda serie de trastos, una cortina, un par de cartones y una sábana rota. He de reconocer que en cualquier otra situación habría echado a correr de inmediato, en esta sociedad en la que vivimos se nos advierte de no hablar con desconocidos, y menos si es de noche y es un lugar apartado, y menos si eres mujer y es un hombre, un "vagabundo", el que se dirige a ti. Pocas palabras me gustan tan poco como esta: "vagabundo". Al pronunciarla tiene un sonido feo, recuerda a otras como "nauseabundo" o "moribundo". Pero no es momento de grijelmear en esta ocasión. 
Gabriel se acercó a mi, y en lugar de echar a correr como habría sido lo considerado "normal", le sostuve la mirada y le escuché. Había algo en sus ojos, era algo raro, que te paralizaba, daba miedo, un sentimiento parecido al odio. Comenzó a hablarme en un inglés chapurreado y muy forzado, haciendo grandes gestos con las manos y en un tono alto de voz. "He estado toda la noche buscando en la basura, y no he sido capaz de encontrar una manta. Esta noche hará frío y yo duermo cerca del puerto, me han quitado las mantas que tenía, me han robado todo lo que he conseguido, otra gente que vive en la calle... Necesito que me traigas una manta de tu casa, una manta para esta noche y una botella de agua". A continuación me tendió un billete de cinco euros arrugado y sucio, "es el dinero de mi desayuno", decía. Me prometió dármelo si le traía lo que me había pedido. Me juraba que yo era la única persona que le había escuchado, el resto decía no entender ni una palabra de inglés y se sorprendía de que yo pudiera entenderle... Reflexionemos. Soy una persona que intenta no quedarse con las simples apariencias, que intenta ir un poquito más allá para comprender, entender, ponerse en la piel del prójimo. Gabriel estaba asustado y enfadado. Otras personas en su misma situación le habían robado todo lo que tenía, era una noche de las más frías desde que empezó el invierno y nadie parecía entenderle, yo diría escucharle. Actuaba con nerviosismo, intentaba mostrar autoridad en sus palabras para que le tomara en serio, para que no le creyera un pobre diablo loco, y cuando le dije que buscaría algo para él, me hizo prometerle que volvería pronto, que no le engañaría. 

Es triste ver cómo  crecen ese tipo de situaciones en nuestra sociedad actual. Con tantos desahucios diarios, mucha gente queda en la calle, algunos incluso con hijos, unos pocos tienen la posibilidad de recurrir a sus familiares o a instituciones que les ayuden, pero muchos otros, como Gabriel, están solos en el mundo y probablemente tengan a su gente muy lejos de aquí, si es que la tienen. A mi personalmente se me parte el alma cada vez que paso por una caja de ahorros y veo a varias personas compartir un mismo colchón, espacio o mantas, eso si tienen la posibilidad de acceder a estos lugares, porque muchos los cierran de noche para evitar ¿qué? ¿que unas pocas personas puedan dormir calientes por la noche? Pero no pienso entrar en un debate sobre esto, no hoy. Lo que me hace hoy escribir este artículo es algo distinto.



Quiero dejar claro algo. Si cuento esta pequeña "anécdota" no es para hacerme la heroína, para que aquellos que lean esto piensen "que buena persona es", ni cosas por el estilo. A mi eso, por decirlo de una forma suave, me importa muy poco. Tampoco es mi intención entrar en topicazos sentimentaloides o crear algo parecido a una "campaña caritativa". De hecho, pido perdón si inspiro esa sensación en vosotros, porque realmente no es lo que busco.
Yo solo quiero hacer ver a la gente que no es real esta postura que tenemos. Pensamos que esas situaciones quedan muy lejos de nosotros, que eso es algo que les pasa a otras personas, como los accidentes de coche o las enfermedades, pero sinceramente ¿podemos estar seguros de ello? Por supuesto que no. Con total seguridad la gente que esta noche duerme en la calle tuvo en algún momento un hogar, una casa y probablemente un coche, un trabajo y un plato en la mesa tres veces al día. De lo que tenemos que ser conscientes es de que algo así también nos puede pasar a nosotros. Y de una forma mucho más rápida y fácil que la que os pensáis. El que hoy tiene un coche y una casa puede pasar mañana a tener unos cartones en los que dormir. Podéis tacharme de radical y extremista, ¿pero acaso no es esto bien posible? Hoy día, en esta situación tan extrema en la que se encuentra el país entero, todo caso así es posible. Lo único que tenemos que hacer para darnos cuenta es mirar a nuestro alrededor e intentar ir más allá de lo que vemos, de lo que queremos ver, de nuestra propia nariz.




Aquella noche Gabriel disfrutó de su manta y algo de comida y bebida, pero como él, muchas personas no muy lejos de nosotros también necesitan de alguien que "cuide de ellos". Esa es la clave: haz lo que puedas hoy por alguien porque nunca sabrás qué podrá hacer ese alguien por ti mañana. Y sí, suena a topicazo sentimentaloide... Pero pensemos: ¿Miento? 


jueves, 3 de enero de 2013

Resulta increíble...

Hoy voy a hablar sobre un caso que me tiene especialmente indignada, y este es el asunto del Madrid Arena. Supongo que todo el mundo habrá oído hablar de él -y si no lo ha hecho, debería-. Por si hay algún despistado en el tema haré un breve resumen: El pasado 31 de octubre se celebró un concierto en el pabellón Madrid Arena, un concierto especial de Halloween con invitados como el conocido DJ Steve Aoki. Hasta aquí, todo normal. Lo grave ocurrió cuando este concierto se convirtió en tragedia. El pabellón Madrid Arena tiene un aforo de 10600 personas. Sin embargo, aquella noche se superaron los 16000 espectadores. La venta descontrolada de entradas, la desorganización, el mal estado de las instalaciones, el bloqueo de las salidas de emergencia... todo ello provocaron una avalancha que acabó con la vida de Rocío, Katia, Cristina, Belén y Maria Teresa, cinco adolescentes de entre diecisiete y dieciocho años. 

Ahora se buscan responsables. Entre los acusados tenemos a Miguel Ángel Flores, organizador del macroconcierto, la empresa de seguridad contratada para el evento o la alcaldesa de Madrid Ana Botella. Podría criticar la actitud irresponsable del organizador en cuestión, juzgar sus ansias de dinero fácil, pero no quiero entrar en disertaciones filosóficas sobre la moralidad y el egoísmo en el ser humano. Podría decir que Ana Botella es alcaldesa de la capital de un país Dios sabrá por que -y si lo sabe estará atónito- pero tampoco quiero entrar en politiqueos... 

Juzgaré sin embargo algo mucho más sencillo, que cualquier persona con dos dedos de frente puede entender: la nefasta actitud de los trabajadores del Samur. A continuación adjuntaré un video que contiene una grabación telefónica entre una chica cuya amiga había sido aplastada por la avalancha y un trabajador del Samur:
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He tenido que escuchar esta y otra de las grabaciones varias veces, porque la primera vez que lo hice no daba crédito a lo que escuchaba... Podemos observar como el susodicho se dirige a la chica con una falta de respeto total, podríamos decirlo en un lenguaje claro: podemos observar como la vacila, sin ningún miramiento. "Se está muriendo", dice ella, angustiada. "Muy bien". Primera puñalada. A continuación le indica que hay que sacarla a la calle, cuando este trabajador -licenciado en medicina, se supone- sabe perfectamente que a una persona que ha sufrido un golpe en la cabeza o cualquier otro accidente no es conveniente moverlo, y con más razón si "se está muriendo", y con más razón aún si tienen que trasladarla a un kilómetro de distancia de donde se encuentra. Más tarde él le pregunta "si ha bebido", y ella contesta angustiada que "se ha desmayado porque la han aplastado", a lo que él responde con un "ah claro" totalmente sarcástico y falto de lugar. Algo parecido ocurre con la otra grabación teléfonica, del mismo estilo.

Ahora me pregunto yo ¿qué cojones pasa? Si en caso de sufrir un accidente o cualquier altercado los ciudadanos tan solo podemos recurrir a estos "profesionales" y ellos mismos responden de este modo ¿qué nos queda? Si ellos velan por nuestra salud y actúan de esta manera ¿qué hacer en estas situaciones? Muchos afirman que el Samur no podía llegar hasta allí por la gente que había, que era totalmente imposible... Pero permitidme que cuestione eso. Un médico o enfermero de emergencias debe entrar aunque sea el mismo con una camilla e intentar hacer lo que esté en su mano, no quedarse de brazos cruzados ante una situación así. ¿Fue tal vez porque no se creyeron lo que les decían? Peor aún. Sea como fuere me parece una total falta de respeto, educación y una frivolidad que asusta, estas contestaciones que les dieron a unos adolescentes que estaban en apuros, que tenían a unas amigas literalmente muriendo a sus pies. Cuando escuché estas grabaciones sentí una ira y una rabia que me corroía por dentro, porque si algo no soporto es que me vacilen, y menos en una situación así. Y pensar que alguna de estas chicas podría haberse salvado de no haber sido estos individuos unos completos incompetentes... ¿Qué haría yo? Lo primero que he pensado es: "yo los sumaba a la cola del paro". Hay miles de jóvenes recién licenciados en medicina que no tienen trabajo y están deseosos de poder hacer lo que esta gente no hizo. Pero por lo menos deben una disculpa. Una disculpa a las familias de estas víctimas, una disculpa por su insolencia. ¿Qué está pasando señores? Algo falla. Aquellos que deben velar por nosotros no están a la altura. Cabe preguntarse si alguna vez lo han estado. 


                                                         

sábado, 29 de diciembre de 2012

Ser o no ser periodista


   “Yo decidí ser periodista por llevarle la contraria a mis padres”. Esta es una frase de Ramón Lobo, ex corresponsal del periódico “El País”, al que tuve la suerte de escuchar personalmente no hace mucho. No pretendo ensalzar su figura o crear publicidad sobre él –a pesar de que lo haría, con gusto – pero nombro esta frase por lo muy identificada que me siento con ella. Quizá yo también decidí ser periodista por llevarle la contraria a mis padres. Quizá quería escapar de las garras del derecho o la filología inglesa, de las oposiciones y labores de oficina, de trabajos que mis padres califican como “estables”. Quizá por ello decidí hacer periodismo, “una de las carreras más inútiles y arriesgadas en estos momentos”, tan solo comparable a bellas artes, arte dramático o personal shopper. Tal vez me lancé a la locura periodística como mecanismo de defensa a la monotonía y a la obediencia hacia aquellos que me dicen qué debo o no hacer.

       Decir que siempre quise ser periodista sería mentir, sería quedar bien, intentar parecer la típica “heroína” que persigue su sueño de toda la vida, sin importar nada más. Y no quiero parecer eso, porque no lo soy. Pero de eso hablaremos más adelante. Recuerdo que cuando tenía doce, trece, catorce, quince, dieciséis e incluso diecisiete años, quería ser una respetable abogada que llevara casos importantes, ganara mucho dinero, tuviera un dúplex (siempre me han encantado esas casas con escaleras de caracol), un bmw x3 aparcado en el garaje y una gran familia con hijos. En definitiva, “quería” lo que mis padres querían para mí. Estabilidad, confort, comodidad… una vida fácil. Obviamente, todos esos pensamientos han cambiado. No sé ni cómo, ni cuándo ni por qué exactamente, pero han cambiado. No voy a decir que no me gustaría tener un duplex y un cochazo porque sería mentir más aún que en el caso anterior, pero lo que es cierto es que NO quiero dedicar mi vida a conseguir eso. No quiero estudiar una carrera aburrida hasta morir, leyes, leyes y más leyes, todo para acabar trabajando en una oficina caliente en invierno y fresquita en verano, con una secretaria que me haga los cafés –el café me sienta terriblemente mal, a todo esto –, todo para disponer de mucho “cash” que poder gastar.
          No pretendo criticar estos trabajos que en ocasiones son muy sacrificados –y lo digo por experiencia propia –, aún menos cuando un trabajo como este es el que me sustenta a mí y a mi maravillosa carrera de periodismo. Tan solo quiero expresar mi opinión desde el punto de vista de una estudiante inexperta de dieciocho años, a la que aún le queda mucho que aprender.


        Es por todas estas reflexiones (la casa, el coche, la comodidad, la buena situación económica…) que en muchas ocasiones me pregunto si he tomado la decisión correcta. Siempre que me preguntan qué estoy estudiando ya se activa en mi cerebro la alarma, ya sé qué dirá la otra persona en la mayoría de los casos –tampoco es cuestión de generalizar –. “¿Periodismo ahora? Periodismo en esta época de crisis bestial, especialmente en el sector de la comunicación, de paro, de EREs que afectan a cualquiera –incluso al gran Ramón Lobo, paradójicamente –.
 O tal vez contestarán: “Yo quería ser periodista, pero viendo las salidas que tiene, decidí pensármelo mejor”. Estas frases van acompañadas de múltiples caras de sorpresa o risitas con sorna, depende de la dirección del viento –hay que tomárselo con humor, por la cuenta que nos trae –.
         Pues sí. A veces yo también pienso que me he metido en la boca del peor lobo del mundo. A veces me planteo qué será de mí, qué haré si no encuentro trabajo, si no consigo mis metas, si todo mi esfuerzo es en vano, si mi madre paga una carrera que resulta “inútil”, si tengo que depender de mis padres hasta los cincuenta… Tengo muchas dudas. Me preguntó si tal vez mis amigos que han decidido pasarse al derecho se reirán de mi cuando paguen por una hamburguesa que yo les serviré en un futuro, y me recriminarán: “Ya te dije yo que el periodismo no era la mejor opción”. Más aún me preocupa que mis propios padres formulen esta frase, y ante mi fracaso y derrota, tenga que admitirles que hice mal, que metí la pata, después del coñazo que les dí con esto del periodismo. Es por esto, por mi inseguridad, que no soy ninguna heroína invencible.
            Pero he de poner un poco de luz en este túnel –y no hablo de la metáfora de la muerte –. Quizá el periodismo no tenga salidas. ¿Pero acaso lo tiene el derecho, la filología inglesa –magisterio al fin y al cabo –, la medicina y demás “profesiones decentes y productivas”? Tal vez no. No y punto. Con cinco millones de parados ni siquiera un “respetable médico” puede tener oportunidades en este país. Y digo “respetable” con sorna porque he acabado un poco hasta las narices de ese prestigio que trasmite la medicina  y que convierte en prepotentes a muchos que la estudian. Pero ese es otro tema del que quizá otro día hable. Tal vez aquellos que hayan dejado de intentar lo que deseaban, que hayan optado por lo “seguro”, sean unos cobardes. Tal vez hayan aceptado los consejos de sus padres, sin oponer resistencia y mostrar sus intereses. Tal vez están comportándose como unos malditos ingenuos que piensan acabar la carrera y encontrar trabajo al instante. Tal vez…


  Tal vez los estudiantes de periodismo somos los más “valientes” en estos momentos, aquellos que a pesar de las inseguridades decidimos tirarnos a la piscina, luchar por lo que queremos, intentar dedicarnos a aquello por lo que sentimos pasión… O tal vez dentro de unos años muchos nos maldeciremos por la decisión tomada, por no tener un dúplex y un bmw. Lo cierto es que prefiero decantarme por la opción de la valentía. Diré algo más: si quieres algo, ve a por ello, nunca sabes qué te puede deparar la vida, y en estos momentos en un país con cinco millones de parados poco importa si tienes siete idiomas y tres carreras o si eres un aspirante a periodista: todos sufrimos el mismo destino.