jueves, 28 de marzo de 2013

Poseedores de la verdad

Soy una de esas personas a las que les gusta martirizarse un poquito. Especificaré esto, ya que puede tomar muchas connotaciones. Bien, si un grupo de personas cuya ideología detesto -o no comparto, mejor, que detestar es una palabra demasiado sonora- comienza a debatir sobre un tema que me llega especialmente, a pesar de que soy consciente de la mala sangre que me producirá escuchar esas palabras, yo me pongo frente al televisor sin pensarlo, e intento escuchar y hasta comprender lo que esta gente quiere argumentar. Eso mismo hice anoche, ante mi insomnio innato, me senté a ver el debate de El Gato al Agua, en el que varios sujetos argumentaban firmemente lo negativo que resulta para un niño tener unos padres homosexuales. Creo que no es necesario que diga cuál es la ideología de este grupo, Intereconomía, porque la mayoría la conoce, así que iré directamente al meollo de la cuestión.

Antes de comenzar a ver el debate, mientras me dirigía por el pasillo al salón, yo enlazaba en mi cabeza los argumentos que utilizaría si me encontrara en esa misma mesa, intentando debatir en contra de lo que ellos, tan fielmente, afirmarían. "Yo contactaría con un psicólogo infantil, alguien que conociera y pudiera explicar, mucho mejor que yo y con una base científica, el desarrollo en la niñez, y que pudiera asegurar que SI es positivo el crecimiento de un niño con dos padres o dos madres". Lo curioso es lo convencida que estaba yo de que cualquier psicólogo en la faz de la Tierra -debido a sus estudios y lo que conllevan- estaría de acuerdo con el matrimonio homosexual y la posible adopción. Ahora me siento bastante idiota ante este sentimiento de seguridad, pero de los errores se aprende, y ahora veremos por qué. Me siento yo en el sofá con mi media sonrisa sarcástica, creyendo saber con certeza todos los argumentos que se expondrían, cuando de pronto sale una mujer que se incorpora al debate, y ante mi perplejidad, afirma ser psicopedagoga infantil y experta en la solución de problemas familiares. Fue ahí cuando mi sonrisa sarcástica dio paso a mi cara de imbécil, al comprobar que toda mi teoría se había ido -si se me permite- a la mierda.

Lo que ocurrió a continuación es bastante predecible: la psicopedagoga en cuestión atacó sin ningún miramiento la adopción en parejas homosexuales y no solo eso, sino también afirmó que, en caso de tener que ayudar a una familia de este tipo, no lo haría, ya que "no dispone de las herramientas necesarias para ello". Supongo que no seré la  única que se pregunte qué son esas "herramientas" de las que habla. A mi también me gustaría saberlo.

Dicen que no te acostarás nunca sin aprender algo nuevo... pues quizá tengan razón. En mi caso, anoche me acosté con una nueva reflexión en mi mente. Esas personas llamaron a una profesional que compartiera su ideología y forma de ver el tema que se iba a tratar, como yo, de haber sido aquel mi programa -Dios no lo quiera- podría haber hecho lo mismo, contratando en este caso, una psicóloga que argumentara a mi favor. Sé y digo sé porque estoy más que segura, de que a esta conclusión habréis llegado todos hace una eternidad, pero yo soy una pobre tonta que quería creer a Kant o Hume porque confiaba en que uno de ellos tuviera más razón que el otro. Ya soy conocedora de mi, llamémosle error garrafal. Necesito creer en algo, creer que ese algo o alguien están en la posesión de una verdad, por encima del resto, una verdad que ellos conocen y el resto no, una verdad que nadie puede discutirles, una verdad del tipo A es A y no hay nada más que hablar. Puede que algunos comparen esta necesidad mía con la creencia en Dios, Dios que todo lo conoce y lo sabe, que es poseedor de la verdad más absoluta y nadie puede discutirle. Es así y punto. Bueno, aceptaré este argumento, pero no voy a compartirlo. No quiero que esta necesidad mía se alivie o termine de una forma tan fácil, me gusta ir más allá.

Pero dejemos mi situación a un lado y reflexionemos. "¿Cómo es posible, por ejemplo, que hubiera -y haya- partidarios de la ideología hitleriana o franquista? ¿Cómo podían aquellas personas defender tanta atrocidad? ¿Por qué a la gente le gusta ver sufrir a un animal hasta la muerte? ¿Por qué aún sigue existiendo gente que no es partidaria del matrimonio homosexual o de la consecuente adopción por parte de éste?..." Estas son algunas de las preguntas que yo -y mucha gente que opine igual- se haría. Para ellos -y para mí- es tan evidente la obviedad con que negaríamos estas afirmaciones, que no somos capaces de entender por qué otras personas pueden pensar de forma diferente a cómo lo hacemos nosotros. Es inconcebible. Incomprensible. Nos horroriza. ¿Por qué? ¿Por qué muchas veces no somos capaces de aceptar que otras personas no tengan nuestra misma opinión? Los periodistas -o lo que fuera- que se sentaron ayer a debatir el tema del que hablo se creían totalmente en posesión de la verdad absoluta, y eso a muchos nos horroriza. Pero quizá deberíamos pensar si a ellos no les horroriza de igual forma que nosotros aceptemos el matrimonio homosexual y no solo eso, santo dios, sino que también se les permita "tener" hijos.

No quiero extenderme mucho más, creo que la idea principal ya es entendible. Pero diré algo más. Creo que es muy positivo e interesante, hasta bonito, que haya gente que no piense como nosotros. Que entre la humanidad, exista la diversidad de opinión sobre un mismo tema. Que unos sean capaces de ver la misma cosa como maravillosa, mientras otros la ven despreciable. Lo que no podemos pretender es intentar convencer al resto de que lo que tú crees es lo único válido en la vida, de que eres poseedor de la verdad absoluta. Porque, ni Dios, ni Hume, ni Kant, ni los de Intereconomía, tienen tal poder. Esa verdad quedará siempre flotando en el aire, esperando a que cada uno la acoja y moldee a su gusto, como aquel orfebre que afirma que sus vasijas son las mejores, las más perfectas, y no las del orfebre del puesto contiguo.

domingo, 17 de marzo de 2013

Bieber, odiado y amado


Hoy toca hablar del eterno odiado-amado, y ese no es otro que Justin Bieber. Muchas personas que me conozcan se sorprenderán -o no- de que escriba hoy sobre él, y quizá la mayoría crea saber de que hablaré en este artículo -ya que ayer fue su concierto aquí en Barcelona, y lógicamente, yo estuve presente-. Sea como sea, no importa. Hoy intentaré abandonar mi, hasta ahora, “fe ciega” hacia Bieber y escribir estas líneas de la manera más objetiva posible. Vuelvo a los que me conozcáis, que al leer esta última frase pensaréis “esto promete”.

Ayer fue el segundo concierto de Bieber en España, tras el pasado jueves en Madrid. He oído -pero no leído todavía- que ha habido, como era de esperar, muchas críticas sobre dicho concierto. No penséis que voy a hacerle un lavado de imagen ahora, porque no lo voy a hacer, al menos de una forma facilona y sin argumentos. Justin Bieber es un producto. Mejor dicho, es un gran producto. Un “negocio” -a pesar de lo horroroso de este calificativo hacia una persona, pero así es,- que está siendo explotado al máximo. Dicho negocio comenzó allá por 2007, cuando un chiquillo colgó algunos videos en YouTube, nada profesionales, cantando mientras se cepillaba los dientes con el váter de fondo. Por ello podemos deducir que esto no guardaba ningún objetivo -profesionalmente hablando-, simplemente era algo para su familia y amigos más cercanos. Pero ni él -lógicamente, dada su edad- ni su madre contaron con el “factor internet”. El factor que demuestra que internet puede muy útil, pero también muy peligroso. Si publicas algo en YouTube, por ejemplo, estás vendido. Y él, desde el principio, estuvo vendido.

Fue un “don nadie” hasta que un manager de Atlanta vio en ese pequeño niño rubio, avispado y con cara de nena a “la gallina de los huevos de oro”. Vio el negocio personificado ante sus ojos. Y alguien que se dedica a lo que él no podía dejar pasar una oportunidad como aquella, sabía que con aquel chaval de un pueblecillo canadiense pegaría el pelotazo, y vaya que si lo pegó, el mayor de su vida. Desde aquel momento, hasta hoy, el éxito del ya no tan niño Justin Bieber ha crecido como la espuma. No voy a enumerar todos sus logros porque tampoco viene al caso, y eso me ocuparía varios artículos, pero tampoco creo que sea necesario hacerlo, todo el mundo conoce su éxito.


Ahora hablaré un poco del concierto de anoche, porque esta es la primera y última vez que espero escribir sobre Bieber, y no quiero dejarme nada. Anoche no vi al Bieber al que estábamos acostumbradas las que le seguíamos desde los comienzos. Anoche vi al producto en que lo han convertido. Y eso me asustó, mucho. Pensaréis que soy una pobre imbécil, que todos os habíais dado cuenta de esto antes, que era algo completamente evidente. Pues bien, tal vez sea así. Estoy segura, de hecho. Siempre lo he sabido, pero nunca lo había visto. Y ayer lo vi. Vi a un Bieber derrotado, asqueado, angustiado. Un pobre infeliz. Alguien que ha sido vendido como un esclavo, alguien sin capacidad de elección. Me atrevería a decir que vi hasta un pobre prostituto, en un sentido aproximado de la palabra. El principio del concierto ya me mosqueó bastante, su aparición desde “el cielo” con unas enormes alas oscuras, me pareció grotesto, hortera y fuera de lugar, cuanto menos. Pero lo que siguió a continuación tampoco me dejó indiferente. Apenas cantó en directo ninguna canción, y las pocas veces que lo hizo podía escuchar una voz cascada, saturada, sin vida. A pesar de ello, sorprendentemente no desafinó en ningún momento, y estuvo lo más correcto -vocalmente hablando- que permitieron las circunstancias. Luego tenemos el brutal exhibicionismo al que estuvo expuesto. Pocas fueron las veces en que no se levantó la camiseta o directamente la tiró al público para que todas aquellas adolescentes enloquecidas gritaran con -aún- más fuerza. Aquello era un espectáculo digno de ver, que observaba yo misma junto a un guardia que sonreía horrorizado. -Desde hoy, y porque yo lo digo, es posible sonreír horrorizado-. Poco más cabe señalar del concierto que tuvo lugar ayer en un Palau Sant Jordi algo vacío para tratarse de alguien de tal calibre como Bieber.


Ahora es cuando toca reflexionar. ¿Tiene él algo de culpa? Pensemos, dejemos a un lado ese odio -inexplicable- que muchos sienten hacia él, y utilicemos nuestra mente para algo más que eso. Lo cierto es que no. Un niño de doce años al que le ofrecen éxito, dinero, viajes, lujos y chicas enloquecidas solo para él, se niega a rechazar algo así. Y más si ha vivido toda su corta vida en una pobreza latente, aguda. Con doce años no eres capaz de pensar en casi nada con un mínimo de racionalidad, y menos si lo que debes decidir es si convertirte o no en la estrella adolescente más importante del planeta. Podríamos echar esa culpa, como el que pasa la patata caliente con nerviosismo, a su madre. Y si no es a ella, a cualquier otro. Pero tampoco vamos a hacerlo. Lo que es bastante evidente, es que él es inocente. Y creo que bastante bien ha estado llevando todo lo que le está cayendo, otros muchos en su situación lo han llevado bastante peor. Lo cierto es que no solemos pararnos a pensar en lo dura, si si, dura que es la vida de esta gente. Millones de dólares aparte, son pobres desgraciados. Justin Bieber no se ha librado ni de que bauticen a su pene como "Jerry". Horrible. Pero no pretendo convencer de esto a nadie, porque la verdad es que lo que piense la gente sobre él -y sobre cualquier tema que no me concierna- me importa bien poco. Cada uno con sus ideas y opiniones, y que siga así.

Si Justin Bieber gusta tanto -dejando a un lado el físico o sus canciones comerciales y pegadizas- es por el mensaje que transmite. A vosotros, como a muchos otros, no os dirá nada y os parecerán -si se me permite la expresión- gilipolleces. Pero para chiquillas de catorce, quince años, en pleno desarrollo físico e intelectual, es un soplo de aire fresco. Adolescentes que aún están en el limbo, que tienen sus “sueños” imposibles -como todos los hemos tenido alguna vez-. Y él difunde y contagia esos mensajes: “Nunca digas nunca”, “No te des por vencido”, “Cree en ti”, “Todo es posible si luchas”, “Si yo he llegado hasta aquí siendo nada, vosotras también podéis”... Y sigue. Y estas frases no son sino una bendición en este mundo hostil al que se enfrentan estas chicas, en el que en la mayoría de los casos, para ellas, “nada merece la pena”, “son más feas que el resto”, “tienen menos tetas que una de la otra clase” o “no saben que será de ellas”. Podríamos decir que él les infunde esperanza. Hablo de las fanáticas, las Beliebers, -creyentes- más incondicionales, que solo tienen en mente a “su pequeño canadiense”.

Con toda probabilidad, ellas caerán del limbo más temprano que tarde, y verán con otros ojos -tal vez con pena, como es ahora mi caso- a ese pobre chico que parece tener todo, pero que realmente no tiene nada, y no precisamente porque él lo haya querido así.

domingo, 3 de marzo de 2013

Ella




Es bien sabido por todos que lo mejor para superar un miedo o problema es enfrentarte a él. Como el niño que teme al agua y es obligado por sus padres a asistir a clases de natación. ¿Qué es lo primero que sucede? El monitor le lanza brutalmente al agua -demasiado fría- de la piscina, sin ninguna protección, mientras el pobre chiquillo -o chiquilla en mi caso- boquea desesperadamente en busca de aire y mueve los brazos de un lado a otro, inutilmente, creyendo morir allí mismo. Pues bien, hoy voy a intentar hacer esto mismo, aunque en lugar de enfrentarme a ese, llamémosle problema, me aliaré con él. De nuevo ella, en este caso. 

"Ella" es la inspiración. La eterna odiada y amada -amor y odio, mismo sentimiento, manifestaciones opuestas-; esa que se presenta cuando le viene en gana y se marcha, normalmente, antes de tiempo, esa que se busca como busca el aire el niño al que le tiran a la piscina, desesperadamente, cuando no llega. La inspiración es como el amor, podría decirse. Algo tan abstracto y absurdo cuyo comportamiento es totalmente inexplicable. ¿Alguien sabría o seria capaz de intentar explicarme su patrón de comportamiento? Si así es, que me lo haga saber con urgencia. Resolverá un eterno misterio en la historia.

Lo peor -o lo mejor, según como se mire- de todo, es que la inspiración es un llamémosle "factor" de trabajo importante en muchas profesiones. ¿Qué hace el escritor que debe entregar una novela a su editor un día concreto? ¿Qué hace si se levanta cada mañana, día a día, sin tener nada nuevo que aportar, nada que crea que merezca la pena? Ella es quién controla todo esto. Si ella no aparece, el sentimiento siguiente es la desesperación. ¿Qué hago? ¿Qué escribo? ¿Qué cuento? Los minutos pasan y ese artículo que debes escribir para dentro de pocas horas esta sin empezar. Y no vale echarle la culpa a la inspiración, porque a tu jefe eso le importará bien poco. 

Es curioso, porque a pesar de no haber sacado nada en claro sobre su comportamiento, he podido observar que la inspiración es libre. Libre como el mar, el tiempo o el buen humor. Puede que la inspiración y el buen humor sean amigos, estoy segura de que tienen algún pacto secreto -obviamente-. Así como un día te levantas de buenísimo humor y haces todo lo que debes hacer en tu día con una sonrisa en la cara, al día siguiente te levantas con un humor de perros -maldita expresión, me encantan los perros- y debes hacer exactamente lo mismo que hiciste el día anterior, pero asqueado con la vida. Pues creo que ocurre lo mismo con ella, un periodista que debe escribir artículos cada día, tendrá la suerte de tenerla de su parte tal vez Lunes, Miércoles y Viernes... Pero si el Martes y Jueves esta no se digna a aparecer, estamos jodidos. 

He de admitir, quizá un poco a mi pesar, que al ser humano le atraen las cosas complicadas. Las relaciones complicadas, los temas complicados, las situaciones complicadas. Por eso la inspiración es tan querida, y no solo por ser totalmente imprescindible, sino por su comportamiento -complicado-. Por eso los periodistas y escritores -o aspirantes a ello- estamos enamorados de ella. 

Si releo este articulo, me parecerá una sarta de gilipolleces sin sentido y probablemente lo borraré y dejaré sin publicar. Pero hoy quiero jugármela, porque es una mañana de domingo aburridísima y me apetece hacer una "Daliada" -concepto que prometo explicar más adelante-, así que voy a publicar esto pase lo que pase, tan solo le daré a "publicar" y punto. Hoy la he engañado. Puede que ella lleve semanas sin hacer acto de presencia en mi mente, pero hoy la he engañado. Porque a través de ella, o de su mano, he escrito esto, que para bien o para mal, es un artículo. "Si no puedes con tu enemigo, únete a él". Lo he intentado, al menos...

martes, 12 de febrero de 2013

¿Creencia o fanatismo?

Hoy voy a hablar de un tema de esos de los que todo el mundo ha oido hablar pero nadie conoce en profundad, uno de los "he oido campanas pero no sé dónde" de nuestra sociedad, uno de tantos realmente. ¿Quién no ha oido hablar alguna vez de los Testigos de Jehová? Todo el mundo los conoce. La mayoría los relacionará con esos que llaman a tu puerta un domingo por la mañana demasiado pronto, con ropa de ir a misa (permítaseme la gracia) y libros en mano. Este ritual lleva acuñado el verbo "predicar". Pero no nos adelantemos, empecemos, aunque muy brevemente, desde el principio. Un tal Charles Taze Russell, originario de Pensilvania, da origen a esta "religión" allá por 1870, cuando comienza a reunirse con unos amigos para estudiar la Biblia en mayor profundidad. Podría decirse que este fue el origen de todo, un todo que fue evolucionando cada año hasta llegar al día de hoy. Sería interesante detenerse en cada una de las etapas y cambios que ha sufrido esta creencia a lo largo de los años, pero también resultaría muy largo y pesado, así que intentaré sintetizar en la medida de lo posible.

 
Creemos un personaje, una niña, para explicar la vida de un testigo de Jehová. Pongámosle un nombre bíblico (como es costumbre). Sara (esposa de Abraham). Sara tiene seis años. Cada sábado asiste con sus padres a una reunión (parecido a la misa católica) en la que un hombre, llamado "anciano" (comparémosle con un cura), lleva a cabo un ritual (llamémosle misa), ritual en el que los asistentes tienen un papel relativamente activo. Además, Sara va con sus padres y otros "hermanos" a predicar (ritual del que hemos hablado al principio). Sara no puede jugar con otros niños de su colegio, ya que son "mundanos" y eso no es conveniente para ella. Sus amigos deben ser otros "hermanos", a los que verá en las reuniones que ya hemos mencionado. Llega la Navidad y Sara no puede cantar villancicos en el colegio, pintar árboles o estrellas fugaces o belenes o muérdagos, porque no es correcto, ya que Jesús no nació el 25 de diciembre, sino otro día. Pero no importa el día en que nació Jesús, dice su madre, pues el día en que naciste no debe ser celebrado. Será un día como otro cualquiera, no habrá felicitaciones ni por supuesto, velas que soplar. Tampoco habrá disfraces en Carnaval, ni mona en Pascua, y Sara deberá inventarse cualquier excusa para no asistir a los cumpleaños a los que sea invitada. Sara estudia la Biblia, una "hermana" va expresamente a su casa para prepararla, y que pueda ser bautizada más adelante, en una de las "Asambleas" que se celebran, especialmente en verano, concretamente en Benidorm. Sara tiene que someterse a una operación de apendicitis y sus padres no firmarán el papel por el cual los médicos pueden hacerle transfusiones de sangre en caso de complicación, poniendo así su vida en peligro, porque los testigos de Jehová no toleran ese "intercambio" de sangre, así como tampoco comen morcilla o cualquier alimento que la contenga. Sara no puede fumar, beber o salir con chicos que no "estudien la Biblia", y si resulta que sí lo hacen, no podrá mantener relaciones sexuales hasta el matrimonio, que se celebrará cuando ella cumpla dieciocho años, y se consumará con el primer hijo de la pareja, por lo que ella deberá abandonar sus estudios y permanecer en casa cuidando de su familia como una buena esposa, mientras el marido en cuestión también abandona los suyos para poder trabajar y ser un buen esposo. Este matrimonio no podrá divorciarse bajo ningún concepto, tan solo en caso de infidelidad, y si esto ocurriera, el "culpable" de dicha roptura sería "expulsado" de la Congregación, nadie podrá intercambiar ni una palabra con él, ni él con nadie, hasta que el "anciano" decida el futuro de este alguien. Sara educará a sus hijos de la misma manera que ella ha sido educada, y estos a los suyos, y así sucesivamente, porque si algo caracteriza esta creencia es la "fidelidad" de sus creyentes. Todo ello tendrá un único y valioso objetivo, EL objetivo: poder vivir eternamente en el "Paraíso" cuando todo acabe, cuando llegue ese "fin del Mundo" esperado, un final del que solo se salvarán los "hermanos", aquellos que hayan cumplido todo lo que Jehová ordena. Un final que cada vez está más cerca, un cataclismo que terminara con el planeta.
Cuando todo termine, ellos revivirán, serán jóvenes y fuertes, no habrá enfermedades, los tigres comerán hierba y ningún ser vivo se alimentará de otro... Eso es el Paraíso, la vida eterna. 








Este es el perfil de un testigo de Jehová en la actualidad, en el país en el que vivimos. Dejaré que cada uno reflexione y juzgue por sí mismo, yo debo ser totalmente objetiva, y eso he intentado. 

Dejaré ahora mi objetividad a un lado. Es difícil vivir con esa soledad, esa incertidumbre de creer que estamos solos en el Universo, abandonados a nuestra suerte, esa incertidumbre de no saber, no saber qué habrá después de la muerte. No es necesario que diga esto, creo que es bastante obvio: la muerte es lo que más preocupa al ser humano. Y digo el ser humano porque los animales no son conscientes de que van a morir, podríamos decir que tienen esa "suerte". Pero ¿qué nos sucederá a nosotros? Muchos diréis muy relajados y tranquilos que al morir os pudriréis en un nicho de granito o vuestras cenizas serán lanzadas al mar, por poner un ejemplo. Pero ahora reflexionad: ¿estáis cómodos pensando eso? ¿No os asusta? ¿No sentís un miedo, un vacío terrible en el cuerpo al pensar en cómo será dejar de existir? De ahí derivan las historias de fantasmas, los Paraísos prometidos o el Cielo o el Infierno o el (nuevo) Purgatorio. Y de ahí derivan también, en gran parte, las religiones. Mucha gente se mofa de las personas "creyentes", de aquellos que creen en un "Alguien" que todo lo ve, de aquellos que "viven para hacer lo correcto y volver a vivir en un mundo mejor", como es el caso del que hemos hablado. Pero ¿qué siente esa gente al pensar en la muerte? ¿Qué se plantea? ¿Con qué se consuela? 

Es algo tan complicado que podría convertirlo en una tesis doctoral. La clave está en saber diferenciar entre simple creencia o un total fanatismo. Puedes creer para hacer de tu vida algo más fácil, por proporcionarte esa seguridad tan necesaria; el problema llega cuando vives para ello, cuando "vives para hacer lo correcto y así poder vivir una vida posterior porque esta no vale la pena". Lo cierto es que hagamos lo que hagamos, seamos quien seamos, al fin y al cabo todos tenemos el mismo final; así que tal vez sea preferible vivir lo más felizmente posible, solo "por si acaso", por si acaso ese "Nuevo Mundo" no llega nunca, porque de eso no podemos estar completamente seguros ¿no?

lunes, 21 de enero de 2013

Gabriel

Hoy voy a intentar relataros una anécdota curiosa y peculiar donde las haya, con ritual funerario incluido, algo que me ocurrió hace varios días y no me dejó indiferente. Era de noche, hacía frío y viento, y esa misma mañana de domingo había encontrado a Vladimir -mi pequeño hamster ruso- tumbado con una posición muy extraña en su jaula, demasiado quieto. Me propuse prepararle un entierro lo más digno posible y acudí, cuchara en mano, a un parque cercano. Despidiéndome de él estaba yo, echando un poco de tierra sobre su tumba, cuando oí a un hombre detrás de mí, un hombre que reclamaba mi atención. Me había pillado, como el que dice, con las manos en la masa, o llenas de tierra húmeda en este caso. Este hombre se llamaba Gabriel. Tendría unos treintaypocos y vestía un chándal desgastado y una gorra con el escudo del Real Madrid. Tras él arrastraba toda serie de trastos, una cortina, un par de cartones y una sábana rota. He de reconocer que en cualquier otra situación habría echado a correr de inmediato, en esta sociedad en la que vivimos se nos advierte de no hablar con desconocidos, y menos si es de noche y es un lugar apartado, y menos si eres mujer y es un hombre, un "vagabundo", el que se dirige a ti. Pocas palabras me gustan tan poco como esta: "vagabundo". Al pronunciarla tiene un sonido feo, recuerda a otras como "nauseabundo" o "moribundo". Pero no es momento de grijelmear en esta ocasión. 
Gabriel se acercó a mi, y en lugar de echar a correr como habría sido lo considerado "normal", le sostuve la mirada y le escuché. Había algo en sus ojos, era algo raro, que te paralizaba, daba miedo, un sentimiento parecido al odio. Comenzó a hablarme en un inglés chapurreado y muy forzado, haciendo grandes gestos con las manos y en un tono alto de voz. "He estado toda la noche buscando en la basura, y no he sido capaz de encontrar una manta. Esta noche hará frío y yo duermo cerca del puerto, me han quitado las mantas que tenía, me han robado todo lo que he conseguido, otra gente que vive en la calle... Necesito que me traigas una manta de tu casa, una manta para esta noche y una botella de agua". A continuación me tendió un billete de cinco euros arrugado y sucio, "es el dinero de mi desayuno", decía. Me prometió dármelo si le traía lo que me había pedido. Me juraba que yo era la única persona que le había escuchado, el resto decía no entender ni una palabra de inglés y se sorprendía de que yo pudiera entenderle... Reflexionemos. Soy una persona que intenta no quedarse con las simples apariencias, que intenta ir un poquito más allá para comprender, entender, ponerse en la piel del prójimo. Gabriel estaba asustado y enfadado. Otras personas en su misma situación le habían robado todo lo que tenía, era una noche de las más frías desde que empezó el invierno y nadie parecía entenderle, yo diría escucharle. Actuaba con nerviosismo, intentaba mostrar autoridad en sus palabras para que le tomara en serio, para que no le creyera un pobre diablo loco, y cuando le dije que buscaría algo para él, me hizo prometerle que volvería pronto, que no le engañaría. 

Es triste ver cómo  crecen ese tipo de situaciones en nuestra sociedad actual. Con tantos desahucios diarios, mucha gente queda en la calle, algunos incluso con hijos, unos pocos tienen la posibilidad de recurrir a sus familiares o a instituciones que les ayuden, pero muchos otros, como Gabriel, están solos en el mundo y probablemente tengan a su gente muy lejos de aquí, si es que la tienen. A mi personalmente se me parte el alma cada vez que paso por una caja de ahorros y veo a varias personas compartir un mismo colchón, espacio o mantas, eso si tienen la posibilidad de acceder a estos lugares, porque muchos los cierran de noche para evitar ¿qué? ¿que unas pocas personas puedan dormir calientes por la noche? Pero no pienso entrar en un debate sobre esto, no hoy. Lo que me hace hoy escribir este artículo es algo distinto.



Quiero dejar claro algo. Si cuento esta pequeña "anécdota" no es para hacerme la heroína, para que aquellos que lean esto piensen "que buena persona es", ni cosas por el estilo. A mi eso, por decirlo de una forma suave, me importa muy poco. Tampoco es mi intención entrar en topicazos sentimentaloides o crear algo parecido a una "campaña caritativa". De hecho, pido perdón si inspiro esa sensación en vosotros, porque realmente no es lo que busco.
Yo solo quiero hacer ver a la gente que no es real esta postura que tenemos. Pensamos que esas situaciones quedan muy lejos de nosotros, que eso es algo que les pasa a otras personas, como los accidentes de coche o las enfermedades, pero sinceramente ¿podemos estar seguros de ello? Por supuesto que no. Con total seguridad la gente que esta noche duerme en la calle tuvo en algún momento un hogar, una casa y probablemente un coche, un trabajo y un plato en la mesa tres veces al día. De lo que tenemos que ser conscientes es de que algo así también nos puede pasar a nosotros. Y de una forma mucho más rápida y fácil que la que os pensáis. El que hoy tiene un coche y una casa puede pasar mañana a tener unos cartones en los que dormir. Podéis tacharme de radical y extremista, ¿pero acaso no es esto bien posible? Hoy día, en esta situación tan extrema en la que se encuentra el país entero, todo caso así es posible. Lo único que tenemos que hacer para darnos cuenta es mirar a nuestro alrededor e intentar ir más allá de lo que vemos, de lo que queremos ver, de nuestra propia nariz.




Aquella noche Gabriel disfrutó de su manta y algo de comida y bebida, pero como él, muchas personas no muy lejos de nosotros también necesitan de alguien que "cuide de ellos". Esa es la clave: haz lo que puedas hoy por alguien porque nunca sabrás qué podrá hacer ese alguien por ti mañana. Y sí, suena a topicazo sentimentaloide... Pero pensemos: ¿Miento? 


jueves, 3 de enero de 2013

Resulta increíble...

Hoy voy a hablar sobre un caso que me tiene especialmente indignada, y este es el asunto del Madrid Arena. Supongo que todo el mundo habrá oído hablar de él -y si no lo ha hecho, debería-. Por si hay algún despistado en el tema haré un breve resumen: El pasado 31 de octubre se celebró un concierto en el pabellón Madrid Arena, un concierto especial de Halloween con invitados como el conocido DJ Steve Aoki. Hasta aquí, todo normal. Lo grave ocurrió cuando este concierto se convirtió en tragedia. El pabellón Madrid Arena tiene un aforo de 10600 personas. Sin embargo, aquella noche se superaron los 16000 espectadores. La venta descontrolada de entradas, la desorganización, el mal estado de las instalaciones, el bloqueo de las salidas de emergencia... todo ello provocaron una avalancha que acabó con la vida de Rocío, Katia, Cristina, Belén y Maria Teresa, cinco adolescentes de entre diecisiete y dieciocho años. 

Ahora se buscan responsables. Entre los acusados tenemos a Miguel Ángel Flores, organizador del macroconcierto, la empresa de seguridad contratada para el evento o la alcaldesa de Madrid Ana Botella. Podría criticar la actitud irresponsable del organizador en cuestión, juzgar sus ansias de dinero fácil, pero no quiero entrar en disertaciones filosóficas sobre la moralidad y el egoísmo en el ser humano. Podría decir que Ana Botella es alcaldesa de la capital de un país Dios sabrá por que -y si lo sabe estará atónito- pero tampoco quiero entrar en politiqueos... 

Juzgaré sin embargo algo mucho más sencillo, que cualquier persona con dos dedos de frente puede entender: la nefasta actitud de los trabajadores del Samur. A continuación adjuntaré un video que contiene una grabación telefónica entre una chica cuya amiga había sido aplastada por la avalancha y un trabajador del Samur:
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He tenido que escuchar esta y otra de las grabaciones varias veces, porque la primera vez que lo hice no daba crédito a lo que escuchaba... Podemos observar como el susodicho se dirige a la chica con una falta de respeto total, podríamos decirlo en un lenguaje claro: podemos observar como la vacila, sin ningún miramiento. "Se está muriendo", dice ella, angustiada. "Muy bien". Primera puñalada. A continuación le indica que hay que sacarla a la calle, cuando este trabajador -licenciado en medicina, se supone- sabe perfectamente que a una persona que ha sufrido un golpe en la cabeza o cualquier otro accidente no es conveniente moverlo, y con más razón si "se está muriendo", y con más razón aún si tienen que trasladarla a un kilómetro de distancia de donde se encuentra. Más tarde él le pregunta "si ha bebido", y ella contesta angustiada que "se ha desmayado porque la han aplastado", a lo que él responde con un "ah claro" totalmente sarcástico y falto de lugar. Algo parecido ocurre con la otra grabación teléfonica, del mismo estilo.

Ahora me pregunto yo ¿qué cojones pasa? Si en caso de sufrir un accidente o cualquier altercado los ciudadanos tan solo podemos recurrir a estos "profesionales" y ellos mismos responden de este modo ¿qué nos queda? Si ellos velan por nuestra salud y actúan de esta manera ¿qué hacer en estas situaciones? Muchos afirman que el Samur no podía llegar hasta allí por la gente que había, que era totalmente imposible... Pero permitidme que cuestione eso. Un médico o enfermero de emergencias debe entrar aunque sea el mismo con una camilla e intentar hacer lo que esté en su mano, no quedarse de brazos cruzados ante una situación así. ¿Fue tal vez porque no se creyeron lo que les decían? Peor aún. Sea como fuere me parece una total falta de respeto, educación y una frivolidad que asusta, estas contestaciones que les dieron a unos adolescentes que estaban en apuros, que tenían a unas amigas literalmente muriendo a sus pies. Cuando escuché estas grabaciones sentí una ira y una rabia que me corroía por dentro, porque si algo no soporto es que me vacilen, y menos en una situación así. Y pensar que alguna de estas chicas podría haberse salvado de no haber sido estos individuos unos completos incompetentes... ¿Qué haría yo? Lo primero que he pensado es: "yo los sumaba a la cola del paro". Hay miles de jóvenes recién licenciados en medicina que no tienen trabajo y están deseosos de poder hacer lo que esta gente no hizo. Pero por lo menos deben una disculpa. Una disculpa a las familias de estas víctimas, una disculpa por su insolencia. ¿Qué está pasando señores? Algo falla. Aquellos que deben velar por nosotros no están a la altura. Cabe preguntarse si alguna vez lo han estado. 


                                                         

sábado, 29 de diciembre de 2012

Ser o no ser periodista


   “Yo decidí ser periodista por llevarle la contraria a mis padres”. Esta es una frase de Ramón Lobo, ex corresponsal del periódico “El País”, al que tuve la suerte de escuchar personalmente no hace mucho. No pretendo ensalzar su figura o crear publicidad sobre él –a pesar de que lo haría, con gusto – pero nombro esta frase por lo muy identificada que me siento con ella. Quizá yo también decidí ser periodista por llevarle la contraria a mis padres. Quizá quería escapar de las garras del derecho o la filología inglesa, de las oposiciones y labores de oficina, de trabajos que mis padres califican como “estables”. Quizá por ello decidí hacer periodismo, “una de las carreras más inútiles y arriesgadas en estos momentos”, tan solo comparable a bellas artes, arte dramático o personal shopper. Tal vez me lancé a la locura periodística como mecanismo de defensa a la monotonía y a la obediencia hacia aquellos que me dicen qué debo o no hacer.

       Decir que siempre quise ser periodista sería mentir, sería quedar bien, intentar parecer la típica “heroína” que persigue su sueño de toda la vida, sin importar nada más. Y no quiero parecer eso, porque no lo soy. Pero de eso hablaremos más adelante. Recuerdo que cuando tenía doce, trece, catorce, quince, dieciséis e incluso diecisiete años, quería ser una respetable abogada que llevara casos importantes, ganara mucho dinero, tuviera un dúplex (siempre me han encantado esas casas con escaleras de caracol), un bmw x3 aparcado en el garaje y una gran familia con hijos. En definitiva, “quería” lo que mis padres querían para mí. Estabilidad, confort, comodidad… una vida fácil. Obviamente, todos esos pensamientos han cambiado. No sé ni cómo, ni cuándo ni por qué exactamente, pero han cambiado. No voy a decir que no me gustaría tener un duplex y un cochazo porque sería mentir más aún que en el caso anterior, pero lo que es cierto es que NO quiero dedicar mi vida a conseguir eso. No quiero estudiar una carrera aburrida hasta morir, leyes, leyes y más leyes, todo para acabar trabajando en una oficina caliente en invierno y fresquita en verano, con una secretaria que me haga los cafés –el café me sienta terriblemente mal, a todo esto –, todo para disponer de mucho “cash” que poder gastar.
          No pretendo criticar estos trabajos que en ocasiones son muy sacrificados –y lo digo por experiencia propia –, aún menos cuando un trabajo como este es el que me sustenta a mí y a mi maravillosa carrera de periodismo. Tan solo quiero expresar mi opinión desde el punto de vista de una estudiante inexperta de dieciocho años, a la que aún le queda mucho que aprender.


        Es por todas estas reflexiones (la casa, el coche, la comodidad, la buena situación económica…) que en muchas ocasiones me pregunto si he tomado la decisión correcta. Siempre que me preguntan qué estoy estudiando ya se activa en mi cerebro la alarma, ya sé qué dirá la otra persona en la mayoría de los casos –tampoco es cuestión de generalizar –. “¿Periodismo ahora? Periodismo en esta época de crisis bestial, especialmente en el sector de la comunicación, de paro, de EREs que afectan a cualquiera –incluso al gran Ramón Lobo, paradójicamente –.
 O tal vez contestarán: “Yo quería ser periodista, pero viendo las salidas que tiene, decidí pensármelo mejor”. Estas frases van acompañadas de múltiples caras de sorpresa o risitas con sorna, depende de la dirección del viento –hay que tomárselo con humor, por la cuenta que nos trae –.
         Pues sí. A veces yo también pienso que me he metido en la boca del peor lobo del mundo. A veces me planteo qué será de mí, qué haré si no encuentro trabajo, si no consigo mis metas, si todo mi esfuerzo es en vano, si mi madre paga una carrera que resulta “inútil”, si tengo que depender de mis padres hasta los cincuenta… Tengo muchas dudas. Me preguntó si tal vez mis amigos que han decidido pasarse al derecho se reirán de mi cuando paguen por una hamburguesa que yo les serviré en un futuro, y me recriminarán: “Ya te dije yo que el periodismo no era la mejor opción”. Más aún me preocupa que mis propios padres formulen esta frase, y ante mi fracaso y derrota, tenga que admitirles que hice mal, que metí la pata, después del coñazo que les dí con esto del periodismo. Es por esto, por mi inseguridad, que no soy ninguna heroína invencible.
            Pero he de poner un poco de luz en este túnel –y no hablo de la metáfora de la muerte –. Quizá el periodismo no tenga salidas. ¿Pero acaso lo tiene el derecho, la filología inglesa –magisterio al fin y al cabo –, la medicina y demás “profesiones decentes y productivas”? Tal vez no. No y punto. Con cinco millones de parados ni siquiera un “respetable médico” puede tener oportunidades en este país. Y digo “respetable” con sorna porque he acabado un poco hasta las narices de ese prestigio que trasmite la medicina  y que convierte en prepotentes a muchos que la estudian. Pero ese es otro tema del que quizá otro día hable. Tal vez aquellos que hayan dejado de intentar lo que deseaban, que hayan optado por lo “seguro”, sean unos cobardes. Tal vez hayan aceptado los consejos de sus padres, sin oponer resistencia y mostrar sus intereses. Tal vez están comportándose como unos malditos ingenuos que piensan acabar la carrera y encontrar trabajo al instante. Tal vez…


  Tal vez los estudiantes de periodismo somos los más “valientes” en estos momentos, aquellos que a pesar de las inseguridades decidimos tirarnos a la piscina, luchar por lo que queremos, intentar dedicarnos a aquello por lo que sentimos pasión… O tal vez dentro de unos años muchos nos maldeciremos por la decisión tomada, por no tener un dúplex y un bmw. Lo cierto es que prefiero decantarme por la opción de la valentía. Diré algo más: si quieres algo, ve a por ello, nunca sabes qué te puede deparar la vida, y en estos momentos en un país con cinco millones de parados poco importa si tienes siete idiomas y tres carreras o si eres un aspirante a periodista: todos sufrimos el mismo destino.