El
20 de noviembre de 2011 millones de españoles votaron por "el
cambio". Aquella mañana -sorprendentemente lejana en mi
memoria- el gobierno de Zapatero, destrozado, acabado, arruinado y
repudiado, abandonó la diligencia y fue sustituido por otro
gobierno, con nuestro amigo Rajoy al mando, que prometía ser la
"panacea" a todos nuestros problemas presentes y futuros.
En pocas palabras y lo más educadamente posible, he intentado
resumir aquel trámite. Puedo, sin embargo, ser mucho más breve. "De
Guatemala a Guatepeor" señores. Salimos del fango para meternos
en la mierda más absoluta... Y aquí nos encontramos, dos años
después.
No dudo en absoluto al afirmar que muchas
personas -o hasta la mayoría si apuro un poco- acuden a las urnas
como el que acude al mercado. Aquel que ha comido cordero asado toda
su vida en Navidad, como buenos animales de costumbres que somos, se
dirige al puesto de la carnicería tras haber encargado uno de
los mejores lechales, con un buen fajo de billetes en la mano y una
amplia sonrisa en el rostro. Sin embargo, aquel año -informa el
carnicero- existe una grave epidemia entre la ganadería ovina, por
lo que -advierte- el lechal que compre el cliente estará, con toda
probabilidad, en mal estado. El que avisa no es
traidor. Podríamos dirigirnos a otro puesto -tal vez el del
pescado- y probar con otro plato principal para esas fiestas. Pero
-pensamos- el cordero asado ha sido manjar exclusivo en Nochebuena,
es tradición familiar, hemos sido "educados" con dicha
costumbre. Así que nos arriesgamos. Y compramos el cordero. Y al
llegar a casa, preparado para ser cocinado, observamos centenares de
gusanos correteando por sus entrañas. ¿A quién culpamos? ¿Al
carnicero tal vez? No, él nos lo advirtió. Ahora, sin más
comida en la nevera y con la familia a punto de sentarse a la mesa, o
sirves el cordero y justificas tu poco apetito con una enfermedad, o
te toca comer huevos fritos. Así de simple.
Bien, la historia del cordero se ve
claramente reflejada en la política. Muchos de nosotros -resalto el
muchos, para todos los quisquillosos- votamos según cómo hemos sido
educados. Si nuestros padres son del Partido Popular, yo, al cumplir
dieciocho años, votaré a dicho partido. Y viceversa. Por suerte o
por desgracia estamos muy influenciados por lo que nos enseñan los
grandes. Esto, por supuesto, tendría lógica solución si, en lugar
de enseñar tantas gilipolleces en los colegios, existiera algo así
como una "enseñanza política", que formara a los niños
-de la forma más objetiva posible-, dándoles así algo de
conciencia política. Quizá, de existir esta materia, hoy no habría
entre nosotros más de seis millones de parados, miles de familias
desahuciadas o recortes hacia los más desprotegidos de nuestra
sociedad. Hubo un día, cuando nos pudríamos pero el aire era
aún respirable, algo parecido a esto de lo que hablo, la polémica
"Educación para la ciudadanía", pero el cordero podrido
-o tal vez lobo disfrazado- se encargó de eliminarla antes de
salir perjudicado. Pero no, hoy no estoy aquí para profundizar
en nuestro maravilloso sistema educativo. Tal vez otro día.
El quid de la cuestión es bastante simple.
Si tú, desesperado ante la nefasta situación de tu país, decides
votar a la derecha -o la izquierda-, te decantas por un partido
político diferente -a pesar de conocer bien las posibles
consecuencias-, leyendo las propuestas de dicho partido, votando
A,B,A, lo lógico es que se cumpla ese A-B-A. O, por lo menos, AA. Si
yo voto por el tango y ese partido que se proclamaba como "salvador"
decide bailar la sardana -paradojas a parte- ¿cómo es posible que
salga airoso de sus actos? ¿Cómo puede existir una inmunidad ante
sus decisiones? Seamos claros y coherentes. Si alguien tiene el
carnet de coche es para circular con una serie de normas, normas que
si son incumplidas, derivarán en una serie de sanciones o, si la
cosa es más grave, en la posible retirada de dicho carnet. Es
bien sencillo. De hecho, educamos a nuestros niños de esta
forma, debido a su simplicidad.
Deberíamos exigir, como ciudadanos, una ley
por la cual, si los políticos del PP -o cualquier otro partido-
mienten como bellacos y no actúan según sus cartas electorales,
estemos en pleno derecho de despedirles -con amabilidad, por
supuesto-. Pero claro, aquí llega el eterno dilema. El partido
político en cuestión no va a establecer, siguiendo la lógica más
aplastante, dicha norma o ley, y los jueces, en teoría
-independientes- y los únicos capaces de unirse para esta causa, no
se encuentran exentos de apoyarse en partidos políticos. Y mil
problemas más, que derivan en lo de siempre, en que el ciudadano de
a pie tenga que aguantar lo que se le venga encima sin remedio.
Lo cierto es que mi conocimiento sobre el
establecimiento de leyes, jueces o similares es bastante limitado.
Pero como ciudadana, y sobre todo persona humana, me pregunto por
qué. ¿Por qué debemos aguantar que nos bamboleen de esta manera?
¿Por qué no está en nuestra mano hacer nada? ¿Por qué aceptamos
este matiz propio de un sistema dictatorial? Alguien debería
movilizarse contra esto. Lo que no podemos tolerar es que esta gente
se ría en nuestras narices, y nosotros, mientras tanto, a la cola
del paro. Pero claro, "es mucho más complicado que todo esto",
dirán. No se producirá tal cambio. No caerá esa breva.
El periodismo es una maravillosa escuela de vida. Alejo Carpentier
domingo, 5 de mayo de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
¡Pues que coman pasteles!
Hoy, día 15 de abril de 2013, España huele a podrido. Este país es un hervidero de corrupción, fraude, paro y miserias. Por no salvarse, no se salva ni la monarquía. En conclusión, mierda y más mierda. Hace un tiempo escuché algo así como "la revolución, las protestas solo llegan cuando la gente pasa hambre". Pues bien, quizá -afortunadamente- no hemos llegado aún a ese extremo. Pero poco falta, ¿no creéis? Por ello, está pasando. Las personas se manifiestan en la puerta de las casas de aquellos que han generado esta situación tan desastrosa. Como aquella bestia del cuento cuya ira se despertaba al acercarnos a su alimento, a su gran cueva, a su hogar. Es un comportamiento totalmente instintivo, si te acercas ahí, te morderé, así que ten cuidado.
Pues bien, escribo las líneas anteriores e instintivamente pienso en algo. Quizá vosotros también seáis capaces de verlo. Toda esta situación de agitación política y social, este atolladero que tenemos por país ahora mismo me recuerda a una gran revolución que logró cambiar -o cuanto menos mejorar- la sociedad francesa de la época. Sí, estoy hablando de la Revolución Francesa de 1789, en la que miles de campesinos se armaron con cuanto pudieron haciendo su escrache particular a las puertas del castillo de Versalles, alzándose en contra de aquella monarquía absoluta liderada por el pelele de Luís XVI y la joya de María Antonieta, movimiento que terminó con la ejecución de ambos y el consecuente fin de la monarquía en Francia.
Como ya he dicho, está pasando. Está pasando aquí, en nuestro país, entre nosotros. La gente se subleva, está cansada de ser engañada, de pasar penurias, de quedarse tirada en la calle. La confianza política es nula y la monarquía borbónica pasa por su peor momento desde Isabel II. Estamos viviendo nuestra "revolución a la española" particular, bastante similar a aquella que culminó con gran éxito.
Cuando Maria Antonieta tuvo que abandonar sus labores para escuchar que el pueblo pasaba hambre, contestó con un "¡Pues que coman pasteles!"; como aquella bendita mujer que soltó entre dientes un "que se jodan" cuando el presidente de su partido anunció medidas más duras para los parados. Que se jodan los parados, que se joda la gente, que nos jodamos todos. Sí, sin ninguna duda estamos jodidos. Pero esto se hunde, y tal y como dijo un sabio una vez: quién ríe el último... Pues eso.
domingo, 7 de abril de 2013
"Conversaciones con mamá"
Tuve ayer la oportunidad de disfrutar con uno de los placeres de la -mi- vida, y este no es otro que el teatro. Sí, para mí el teatro es uno de tantos placeres, tan solo debes intentar aprender a saborearlo, no sentarte pasivamente en la butaca y ver las escenas pasar, una tras otra, sin inmutarse, sin analizar, sin preguntarte qué estas viendo. Ciertamente, esta es una forma respetable de ver teatro, y no solo eso, también cine, un concierto, o la vida misma; pero yo, personalmente nunca he sido partidaria de esa opción.
No hace mucho alguien muy especial me dijo que siempre es bueno escribir sobre aquello que te llega, que deja mella en ti o te da qué pensar. Por ello, hoy me he decidido hablar del teatro en general y la obra que disfruté ayer en particular. Esta es "Conversaciones con mamá", protagonizada -y representada en su totalidad- por Juan Echanove y María Galiana, a los que probablemente conoceréis por la ya legendaria serie "Cuéntame cómo pasó". Echanove interpreta a Jaime, un hombre de unos cincuenta años visiblemente acabado, en paro, que lleva una vida bastante fuera del alcance de sus posibilidades, con una hipoteca asfixiante, un colegio privado que pagar mes a mes para unos hijos a los que apenas conoce y una mujer -y suegra, por si fuera poco- que le amargan la existencia. Os sonará esto ¿no? A mí también. Galiana interpreta a su madre, una mujer de ochenta y dos años que vive la vida sin preocupaciones, pero lo más importante, que es feliz. Felicidad... aunque parezca lo más simple del mundo, en muchas ocasiones es lo más complicado. No seguiré contando más detalles sobre esta historia, es preferible que la descubráis vosotros mismos. Pero sí os haré -como siempre intento- reflexionar.
No hace mucho alguien muy especial me dijo que siempre es bueno escribir sobre aquello que te llega, que deja mella en ti o te da qué pensar. Por ello, hoy me he decidido hablar del teatro en general y la obra que disfruté ayer en particular. Esta es "Conversaciones con mamá", protagonizada -y representada en su totalidad- por Juan Echanove y María Galiana, a los que probablemente conoceréis por la ya legendaria serie "Cuéntame cómo pasó". Echanove interpreta a Jaime, un hombre de unos cincuenta años visiblemente acabado, en paro, que lleva una vida bastante fuera del alcance de sus posibilidades, con una hipoteca asfixiante, un colegio privado que pagar mes a mes para unos hijos a los que apenas conoce y una mujer -y suegra, por si fuera poco- que le amargan la existencia. Os sonará esto ¿no? A mí también. Galiana interpreta a su madre, una mujer de ochenta y dos años que vive la vida sin preocupaciones, pero lo más importante, que es feliz. Felicidad... aunque parezca lo más simple del mundo, en muchas ocasiones es lo más complicado. No seguiré contando más detalles sobre esta historia, es preferible que la descubráis vosotros mismos. Pero sí os haré -como siempre intento- reflexionar.
No fueron necesarios muchos minutos sentada en aquella butaca para comprender que lo que pasaba ante mis ojos no era otra cosa que la vida misma. La vida misma, si señor. Pero no solo eso, sino las diferentes formas de afrontarla, personificadas en dos seres desternillantes a los que no puedes -ni quieres- dejar de escuchar atentamente durante todo el acto. Jaime corresponde al prototipo de persona preocupado por su existencia, por la hipoteca, los hijos, su mujer, su suegra, preocupado por la vida. Jaime es una de esas personas que sobrevive -no vive- al día a día, con una amargura angustiante, que hasta era capaz de producirme dolor de estómago. Su madre, sin embargo, es una persona mayor, madura y por ello, como es lógico, más sabia y con experiencias dolorosas y difíciles a su espalda, que mira la vida de una forma completamente distinta, con ilusión, con felicidad.
Al tiempo que la obra iba desarrollándose, en mi cabeza se formaba una idea. Aquellos personajes no eran otra cosa que dos actitudes, dos actitudes ante la vida, ante los acontecimientos que ésta nos presenta. Personajes que experimentan una evolución bestial, la seguridad y determinación del hijo, su apariencia de éxito, acaban desvaneciéndose hasta tal punto que él mismo admite tener una vida basada en eso, en la mera apariencia, en una familia feliz que "pasa las vacaciones en Tenerife comiendo grandes hamburguesas, conduce un 4x4 y lleva a sus hijos al mejor colegio privado de la ciudad". Podemos ver cómo se convierte en un pequeño ser asustado, temeroso de su propia vida, que termina llorando a los pies de su madre, una mujer anciana, que a pesar -o tal vez por ello- de ser consciente de la corta vida que le queda, la mira a la cara con ilusión. ¿Paradójico no? Por supuesto, como la vida misma. Pura paradoja.
Sin embargo, a pesar de cómo me maravilló todo aquello, sentí algo de desazón. Sí, desazón, esa es la palabra. Si miraba a mi alrededor tan solo veía personas mayores. En aquella sala los más jóvenes éramos yo y mi acompañante. La media de edad de aquellas personas me asustaba, en comparación con la nuestra. ¿Por qué? ¿Debía sentirme yo extraña en aquel momento? ¿Fuera de lugar? Lo cierto es que no era aquello lo que más me importaba. Me preocupé más por algo que ya es un hecho. La gente joven, la gente de mi edad, apenas pisa un teatro. Tal vez sea por la educación que han recibido, tal vez no hayan sido educados en esta costumbre antagónica, o tal vez ni se lo plantean directamente. ¿Teatro? ¿Qué es eso? Eso es para ricachones, para pijos o viejos. Triste realidad, sí. De poco o nada sirve que yo intente persuadir, en este artículo, a los jóvenes, para que dediquen algo de su tiempo a mirar, a ver algo que realmente merezca la pena, en lugar de malgastar su tiempo sin este merecerlo.
Sin embargo, a pesar de cómo me maravilló todo aquello, sentí algo de desazón. Sí, desazón, esa es la palabra. Si miraba a mi alrededor tan solo veía personas mayores. En aquella sala los más jóvenes éramos yo y mi acompañante. La media de edad de aquellas personas me asustaba, en comparación con la nuestra. ¿Por qué? ¿Debía sentirme yo extraña en aquel momento? ¿Fuera de lugar? Lo cierto es que no era aquello lo que más me importaba. Me preocupé más por algo que ya es un hecho. La gente joven, la gente de mi edad, apenas pisa un teatro. Tal vez sea por la educación que han recibido, tal vez no hayan sido educados en esta costumbre antagónica, o tal vez ni se lo plantean directamente. ¿Teatro? ¿Qué es eso? Eso es para ricachones, para pijos o viejos. Triste realidad, sí. De poco o nada sirve que yo intente persuadir, en este artículo, a los jóvenes, para que dediquen algo de su tiempo a mirar, a ver algo que realmente merezca la pena, en lugar de malgastar su tiempo sin este merecerlo.
Lo que si -creo- que merecerá la pena es tener en mente, admirar y ante todo agradecer el trabajo que realizan actrices como Maria Galiana, sabios de la profesión que a pesar de su avanzada edad son capaces de aprenderse textos interminables y realizar giras por distintas ciudades, grabar series de televisión durante décadas, con ilusión y empeño, hasta el fin de sus días. Son muchos como ella, el gran Toni Leblanc o la cómica Mariví Bilbao, que falleció esta misma semana, los que nos deleitan con su creatividad en el cine y teatro español, haciendo algo para mí, admirable. Haciendo teatro, recreando la vida.
jueves, 28 de marzo de 2013
Poseedores de la verdad
Soy una de esas personas a las que les gusta martirizarse un poquito. Especificaré esto, ya que puede tomar muchas connotaciones. Bien, si un grupo de personas cuya ideología detesto -o no comparto, mejor, que detestar es una palabra demasiado sonora- comienza a debatir sobre un tema que me llega especialmente, a pesar de que soy consciente de la mala sangre que me producirá escuchar esas palabras, yo me pongo frente al televisor sin pensarlo, e intento escuchar y hasta comprender lo que esta gente quiere argumentar. Eso mismo hice anoche, ante mi insomnio innato, me senté a ver el debate de El Gato al Agua, en el que varios sujetos argumentaban firmemente lo negativo que resulta para un niño tener unos padres homosexuales. Creo que no es necesario que diga cuál es la ideología de este grupo, Intereconomía, porque la mayoría la conoce, así que iré directamente al meollo de la cuestión.
Antes de comenzar a ver el debate, mientras me dirigía por el pasillo al salón, yo enlazaba en mi cabeza los argumentos que utilizaría si me encontrara en esa misma mesa, intentando debatir en contra de lo que ellos, tan fielmente, afirmarían. "Yo contactaría con un psicólogo infantil, alguien que conociera y pudiera explicar, mucho mejor que yo y con una base científica, el desarrollo en la niñez, y que pudiera asegurar que SI es positivo el crecimiento de un niño con dos padres o dos madres". Lo curioso es lo convencida que estaba yo de que cualquier psicólogo en la faz de la Tierra -debido a sus estudios y lo que conllevan- estaría de acuerdo con el matrimonio homosexual y la posible adopción. Ahora me siento bastante idiota ante este sentimiento de seguridad, pero de los errores se aprende, y ahora veremos por qué. Me siento yo en el sofá con mi media sonrisa sarcástica, creyendo saber con certeza todos los argumentos que se expondrían, cuando de pronto sale una mujer que se incorpora al debate, y ante mi perplejidad, afirma ser psicopedagoga infantil y experta en la solución de problemas familiares. Fue ahí cuando mi sonrisa sarcástica dio paso a mi cara de imbécil, al comprobar que toda mi teoría se había ido -si se me permite- a la mierda.
Lo que ocurrió a continuación es bastante predecible: la psicopedagoga en cuestión atacó sin ningún miramiento la adopción en parejas homosexuales y no solo eso, sino también afirmó que, en caso de tener que ayudar a una familia de este tipo, no lo haría, ya que "no dispone de las herramientas necesarias para ello". Supongo que no seré la única que se pregunte qué son esas "herramientas" de las que habla. A mi también me gustaría saberlo.
Dicen que no te acostarás nunca sin aprender algo nuevo... pues quizá tengan razón. En mi caso, anoche me acosté con una nueva reflexión en mi mente. Esas personas llamaron a una profesional que compartiera su ideología y forma de ver el tema que se iba a tratar, como yo, de haber sido aquel mi programa -Dios no lo quiera- podría haber hecho lo mismo, contratando en este caso, una psicóloga que argumentara a mi favor. Sé y digo sé porque estoy más que segura, de que a esta conclusión habréis llegado todos hace una eternidad, pero yo soy una pobre tonta que quería creer a Kant o Hume porque confiaba en que uno de ellos tuviera más razón que el otro. Ya soy conocedora de mi, llamémosle error garrafal. Necesito creer en algo, creer que ese algo o alguien están en la posesión de una verdad, por encima del resto, una verdad que ellos conocen y el resto no, una verdad que nadie puede discutirles, una verdad del tipo A es A y no hay nada más que hablar. Puede que algunos comparen esta necesidad mía con la creencia en Dios, Dios que todo lo conoce y lo sabe, que es poseedor de la verdad más absoluta y nadie puede discutirle. Es así y punto. Bueno, aceptaré este argumento, pero no voy a compartirlo. No quiero que esta necesidad mía se alivie o termine de una forma tan fácil, me gusta ir más allá.
Pero dejemos mi situación a un lado y reflexionemos. "¿Cómo es posible, por ejemplo, que hubiera -y haya- partidarios de la ideología hitleriana o franquista? ¿Cómo podían aquellas personas defender tanta atrocidad? ¿Por qué a la gente le gusta ver sufrir a un animal hasta la muerte? ¿Por qué aún sigue existiendo gente que no es partidaria del matrimonio homosexual o de la consecuente adopción por parte de éste?..." Estas son algunas de las preguntas que yo -y mucha gente que opine igual- se haría. Para ellos -y para mí- es tan evidente la obviedad con que negaríamos estas afirmaciones, que no somos capaces de entender por qué otras personas pueden pensar de forma diferente a cómo lo hacemos nosotros. Es inconcebible. Incomprensible. Nos horroriza. ¿Por qué? ¿Por qué muchas veces no somos capaces de aceptar que otras personas no tengan nuestra misma opinión? Los periodistas -o lo que fuera- que se sentaron ayer a debatir el tema del que hablo se creían totalmente en posesión de la verdad absoluta, y eso a muchos nos horroriza. Pero quizá deberíamos pensar si a ellos no les horroriza de igual forma que nosotros aceptemos el matrimonio homosexual y no solo eso, santo dios, sino que también se les permita "tener" hijos.
No quiero extenderme mucho más, creo que la idea principal ya es entendible. Pero diré algo más. Creo que es muy positivo e interesante, hasta bonito, que haya gente que no piense como nosotros. Que entre la humanidad, exista la diversidad de opinión sobre un mismo tema. Que unos sean capaces de ver la misma cosa como maravillosa, mientras otros la ven despreciable. Lo que no podemos pretender es intentar convencer al resto de que lo que tú crees es lo único válido en la vida, de que eres poseedor de la verdad absoluta. Porque, ni Dios, ni Hume, ni Kant, ni los de Intereconomía, tienen tal poder. Esa verdad quedará siempre flotando en el aire, esperando a que cada uno la acoja y moldee a su gusto, como aquel orfebre que afirma que sus vasijas son las mejores, las más perfectas, y no las del orfebre del puesto contiguo.
Antes de comenzar a ver el debate, mientras me dirigía por el pasillo al salón, yo enlazaba en mi cabeza los argumentos que utilizaría si me encontrara en esa misma mesa, intentando debatir en contra de lo que ellos, tan fielmente, afirmarían. "Yo contactaría con un psicólogo infantil, alguien que conociera y pudiera explicar, mucho mejor que yo y con una base científica, el desarrollo en la niñez, y que pudiera asegurar que SI es positivo el crecimiento de un niño con dos padres o dos madres". Lo curioso es lo convencida que estaba yo de que cualquier psicólogo en la faz de la Tierra -debido a sus estudios y lo que conllevan- estaría de acuerdo con el matrimonio homosexual y la posible adopción. Ahora me siento bastante idiota ante este sentimiento de seguridad, pero de los errores se aprende, y ahora veremos por qué. Me siento yo en el sofá con mi media sonrisa sarcástica, creyendo saber con certeza todos los argumentos que se expondrían, cuando de pronto sale una mujer que se incorpora al debate, y ante mi perplejidad, afirma ser psicopedagoga infantil y experta en la solución de problemas familiares. Fue ahí cuando mi sonrisa sarcástica dio paso a mi cara de imbécil, al comprobar que toda mi teoría se había ido -si se me permite- a la mierda.
Lo que ocurrió a continuación es bastante predecible: la psicopedagoga en cuestión atacó sin ningún miramiento la adopción en parejas homosexuales y no solo eso, sino también afirmó que, en caso de tener que ayudar a una familia de este tipo, no lo haría, ya que "no dispone de las herramientas necesarias para ello". Supongo que no seré la única que se pregunte qué son esas "herramientas" de las que habla. A mi también me gustaría saberlo.
Dicen que no te acostarás nunca sin aprender algo nuevo... pues quizá tengan razón. En mi caso, anoche me acosté con una nueva reflexión en mi mente. Esas personas llamaron a una profesional que compartiera su ideología y forma de ver el tema que se iba a tratar, como yo, de haber sido aquel mi programa -Dios no lo quiera- podría haber hecho lo mismo, contratando en este caso, una psicóloga que argumentara a mi favor. Sé y digo sé porque estoy más que segura, de que a esta conclusión habréis llegado todos hace una eternidad, pero yo soy una pobre tonta que quería creer a Kant o Hume porque confiaba en que uno de ellos tuviera más razón que el otro. Ya soy conocedora de mi, llamémosle error garrafal. Necesito creer en algo, creer que ese algo o alguien están en la posesión de una verdad, por encima del resto, una verdad que ellos conocen y el resto no, una verdad que nadie puede discutirles, una verdad del tipo A es A y no hay nada más que hablar. Puede que algunos comparen esta necesidad mía con la creencia en Dios, Dios que todo lo conoce y lo sabe, que es poseedor de la verdad más absoluta y nadie puede discutirle. Es así y punto. Bueno, aceptaré este argumento, pero no voy a compartirlo. No quiero que esta necesidad mía se alivie o termine de una forma tan fácil, me gusta ir más allá.
Pero dejemos mi situación a un lado y reflexionemos. "¿Cómo es posible, por ejemplo, que hubiera -y haya- partidarios de la ideología hitleriana o franquista? ¿Cómo podían aquellas personas defender tanta atrocidad? ¿Por qué a la gente le gusta ver sufrir a un animal hasta la muerte? ¿Por qué aún sigue existiendo gente que no es partidaria del matrimonio homosexual o de la consecuente adopción por parte de éste?..." Estas son algunas de las preguntas que yo -y mucha gente que opine igual- se haría. Para ellos -y para mí- es tan evidente la obviedad con que negaríamos estas afirmaciones, que no somos capaces de entender por qué otras personas pueden pensar de forma diferente a cómo lo hacemos nosotros. Es inconcebible. Incomprensible. Nos horroriza. ¿Por qué? ¿Por qué muchas veces no somos capaces de aceptar que otras personas no tengan nuestra misma opinión? Los periodistas -o lo que fuera- que se sentaron ayer a debatir el tema del que hablo se creían totalmente en posesión de la verdad absoluta, y eso a muchos nos horroriza. Pero quizá deberíamos pensar si a ellos no les horroriza de igual forma que nosotros aceptemos el matrimonio homosexual y no solo eso, santo dios, sino que también se les permita "tener" hijos.
No quiero extenderme mucho más, creo que la idea principal ya es entendible. Pero diré algo más. Creo que es muy positivo e interesante, hasta bonito, que haya gente que no piense como nosotros. Que entre la humanidad, exista la diversidad de opinión sobre un mismo tema. Que unos sean capaces de ver la misma cosa como maravillosa, mientras otros la ven despreciable. Lo que no podemos pretender es intentar convencer al resto de que lo que tú crees es lo único válido en la vida, de que eres poseedor de la verdad absoluta. Porque, ni Dios, ni Hume, ni Kant, ni los de Intereconomía, tienen tal poder. Esa verdad quedará siempre flotando en el aire, esperando a que cada uno la acoja y moldee a su gusto, como aquel orfebre que afirma que sus vasijas son las mejores, las más perfectas, y no las del orfebre del puesto contiguo.
domingo, 17 de marzo de 2013
Bieber, odiado y amado
Hoy toca hablar del eterno odiado-amado, y ese no es otro que Justin Bieber. Muchas personas que me conozcan se sorprenderán -o no- de que escriba hoy sobre él, y quizá la mayoría crea saber de que hablaré en este artículo -ya que ayer fue su concierto aquí en Barcelona, y lógicamente, yo estuve presente-. Sea como sea, no importa. Hoy intentaré abandonar mi, hasta ahora, “fe ciega” hacia Bieber y escribir estas líneas de la manera más objetiva posible. Vuelvo a los que me conozcáis, que al leer esta última frase pensaréis “esto promete”.
Ayer fue el segundo concierto de Bieber en España, tras el pasado jueves en Madrid. He oído -pero no leído todavía- que ha habido, como era de esperar, muchas críticas sobre dicho concierto. No penséis que voy a hacerle un lavado de imagen ahora, porque no lo voy a hacer, al menos de una forma facilona y sin argumentos. Justin Bieber es un producto. Mejor dicho, es un gran producto. Un “negocio” -a pesar de lo horroroso de este calificativo hacia una persona, pero así es,- que está siendo explotado al máximo. Dicho negocio comenzó allá por 2007, cuando un chiquillo colgó algunos videos en YouTube, nada profesionales, cantando mientras se cepillaba los dientes con el váter de fondo. Por ello podemos deducir que esto no guardaba ningún objetivo -profesionalmente hablando-, simplemente era algo para su familia y amigos más cercanos. Pero ni él -lógicamente, dada su edad- ni su madre contaron con el “factor internet”. El factor que demuestra que internet puede muy útil, pero también muy peligroso. Si publicas algo en YouTube, por ejemplo, estás vendido. Y él, desde el principio, estuvo vendido.
Fue un “don nadie” hasta que un manager de Atlanta vio en ese pequeño niño rubio, avispado y con cara de nena a “la gallina de los huevos de oro”. Vio el negocio personificado ante sus ojos. Y alguien que se dedica a lo que él no podía dejar pasar una oportunidad como aquella, sabía que con aquel chaval de un pueblecillo canadiense pegaría el pelotazo, y vaya que si lo pegó, el mayor de su vida. Desde aquel momento, hasta hoy, el éxito del ya no tan niño Justin Bieber ha crecido como la espuma. No voy a enumerar todos sus logros porque tampoco viene al caso, y eso me ocuparía varios artículos, pero tampoco creo que sea necesario hacerlo, todo el mundo conoce su éxito.
Ahora hablaré un poco del concierto de anoche, porque esta es la primera y última vez que espero escribir sobre Bieber, y no quiero dejarme nada. Anoche no vi al Bieber al que estábamos acostumbradas las que le seguíamos desde los comienzos. Anoche vi al producto en que lo han convertido. Y eso me asustó, mucho. Pensaréis que soy una pobre imbécil, que todos os habíais dado cuenta de esto antes, que era algo completamente evidente. Pues bien, tal vez sea así. Estoy segura, de hecho. Siempre lo he sabido, pero nunca lo había visto. Y ayer lo vi. Vi a un Bieber derrotado, asqueado, angustiado. Un pobre infeliz. Alguien que ha sido vendido como un esclavo, alguien sin capacidad de elección. Me atrevería a decir que vi hasta un pobre prostituto, en un sentido aproximado de la palabra. El principio del concierto ya me mosqueó bastante, su aparición desde “el cielo” con unas enormes alas oscuras, me pareció grotesto, hortera y fuera de lugar, cuanto menos. Pero lo que siguió a continuación tampoco me dejó indiferente. Apenas cantó en directo ninguna canción, y las pocas veces que lo hizo podía escuchar una voz cascada, saturada, sin vida. A pesar de ello, sorprendentemente no desafinó en ningún momento, y estuvo lo más correcto -vocalmente hablando- que permitieron las circunstancias. Luego tenemos el brutal exhibicionismo al que estuvo expuesto. Pocas fueron las veces en que no se levantó la camiseta o directamente la tiró al público para que todas aquellas adolescentes enloquecidas gritaran con -aún- más fuerza. Aquello era un espectáculo digno de ver, que observaba yo misma junto a un guardia que sonreía horrorizado. -Desde hoy, y porque yo lo digo, es posible sonreír horrorizado-. Poco más cabe señalar del concierto que tuvo lugar ayer en un Palau Sant Jordi algo vacío para tratarse de alguien de tal calibre como Bieber.
Ahora es cuando toca reflexionar. ¿Tiene él algo de culpa? Pensemos, dejemos a un lado ese odio -inexplicable- que muchos sienten hacia él, y utilicemos nuestra mente para algo más que eso. Lo cierto es que no. Un niño de doce años al que le ofrecen éxito, dinero, viajes, lujos y chicas enloquecidas solo para él, se niega a rechazar algo así. Y más si ha vivido toda su corta vida en una pobreza latente, aguda. Con doce años no eres capaz de pensar en casi nada con un mínimo de racionalidad, y menos si lo que debes decidir es si convertirte o no en la estrella adolescente más importante del planeta. Podríamos echar esa culpa, como el que pasa la patata caliente con nerviosismo, a su madre. Y si no es a ella, a cualquier otro. Pero tampoco vamos a hacerlo. Lo que es bastante evidente, es que él es inocente. Y creo que bastante bien ha estado llevando todo lo que le está cayendo, otros muchos en su situación lo han llevado bastante peor. Lo cierto es que no solemos pararnos a pensar en lo dura, si si, dura que es la vida de esta gente. Millones de dólares aparte, son pobres desgraciados. Justin Bieber no se ha librado ni de que bauticen a su pene como "Jerry". Horrible. Pero no pretendo convencer de esto a nadie, porque la verdad es que lo que piense la gente sobre él -y sobre cualquier tema que no me concierna- me importa bien poco. Cada uno con sus ideas y opiniones, y que siga así.
Si Justin Bieber gusta tanto -dejando a un lado el físico o sus canciones comerciales y pegadizas- es por el mensaje que transmite. A vosotros, como a muchos otros, no os dirá nada y os parecerán -si se me permite la expresión- gilipolleces. Pero para chiquillas de catorce, quince años, en pleno desarrollo físico e intelectual, es un soplo de aire fresco. Adolescentes que aún están en el limbo, que tienen sus “sueños” imposibles -como todos los hemos tenido alguna vez-. Y él difunde y contagia esos mensajes: “Nunca digas nunca”, “No te des por vencido”, “Cree en ti”, “Todo es posible si luchas”, “Si yo he llegado hasta aquí siendo nada, vosotras también podéis”... Y sigue. Y estas frases no son sino una bendición en este mundo hostil al que se enfrentan estas chicas, en el que en la mayoría de los casos, para ellas, “nada merece la pena”, “son más feas que el resto”, “tienen menos tetas que una de la otra clase” o “no saben que será de ellas”. Podríamos decir que él les infunde esperanza. Hablo de las fanáticas, las Beliebers, -creyentes- más incondicionales, que solo tienen en mente a “su pequeño canadiense”.
Con toda probabilidad, ellas caerán del limbo más temprano que tarde, y verán con otros ojos -tal vez con pena, como es ahora mi caso- a ese pobre chico que parece tener todo, pero que realmente no tiene nada, y no precisamente porque él lo haya querido así.
domingo, 3 de marzo de 2013
Ella
Es bien sabido por todos que lo mejor para superar un miedo o problema es enfrentarte a él. Como el niño que teme al agua y es obligado por sus padres a asistir a clases de natación. ¿Qué es lo primero que sucede? El monitor le lanza brutalmente al agua -demasiado fría- de la piscina, sin ninguna protección, mientras el pobre chiquillo -o chiquilla en mi caso- boquea desesperadamente en busca de aire y mueve los brazos de un lado a otro, inutilmente, creyendo morir allí mismo. Pues bien, hoy voy a intentar hacer esto mismo, aunque en lugar de enfrentarme a ese, llamémosle problema, me aliaré con él. De nuevo ella, en este caso.
"Ella" es la inspiración. La eterna odiada y amada -amor y odio, mismo sentimiento, manifestaciones opuestas-; esa que se presenta cuando le viene en gana y se marcha, normalmente, antes de tiempo, esa que se busca como busca el aire el niño al que le tiran a la piscina, desesperadamente, cuando no llega. La inspiración es como el amor, podría decirse. Algo tan abstracto y absurdo cuyo comportamiento es totalmente inexplicable. ¿Alguien sabría o seria capaz de intentar explicarme su patrón de comportamiento? Si así es, que me lo haga saber con urgencia. Resolverá un eterno misterio en la historia.
Lo peor -o lo mejor, según como se mire- de todo, es que la inspiración es un llamémosle "factor" de trabajo importante en muchas profesiones. ¿Qué hace el escritor que debe entregar una novela a su editor un día concreto? ¿Qué hace si se levanta cada mañana, día a día, sin tener nada nuevo que aportar, nada que crea que merezca la pena? Ella es quién controla todo esto. Si ella no aparece, el sentimiento siguiente es la desesperación. ¿Qué hago? ¿Qué escribo? ¿Qué cuento? Los minutos pasan y ese artículo que debes escribir para dentro de pocas horas esta sin empezar. Y no vale echarle la culpa a la inspiración, porque a tu jefe eso le importará bien poco.
Es curioso, porque a pesar de no haber sacado nada en claro sobre su comportamiento, he podido observar que la inspiración es libre. Libre como el mar, el tiempo o el buen humor. Puede que la inspiración y el buen humor sean amigos, estoy segura de que tienen algún pacto secreto -obviamente-. Así como un día te levantas de buenísimo humor y haces todo lo que debes hacer en tu día con una sonrisa en la cara, al día siguiente te levantas con un humor de perros -maldita expresión, me encantan los perros- y debes hacer exactamente lo mismo que hiciste el día anterior, pero asqueado con la vida. Pues creo que ocurre lo mismo con ella, un periodista que debe escribir artículos cada día, tendrá la suerte de tenerla de su parte tal vez Lunes, Miércoles y Viernes... Pero si el Martes y Jueves esta no se digna a aparecer, estamos jodidos.
He de admitir, quizá un poco a mi pesar, que al ser humano le atraen las cosas complicadas. Las relaciones complicadas, los temas complicados, las situaciones complicadas. Por eso la inspiración es tan querida, y no solo por ser totalmente imprescindible, sino por su comportamiento -complicado-. Por eso los periodistas y escritores -o aspirantes a ello- estamos enamorados de ella.
Si releo este articulo, me parecerá una sarta de gilipolleces sin sentido y probablemente lo borraré y dejaré sin publicar. Pero hoy quiero jugármela, porque es una mañana de domingo aburridísima y me apetece hacer una "Daliada" -concepto que prometo explicar más adelante-, así que voy a publicar esto pase lo que pase, tan solo le daré a "publicar" y punto. Hoy la he engañado. Puede que ella lleve semanas sin hacer acto de presencia en mi mente, pero hoy la he engañado. Porque a través de ella, o de su mano, he escrito esto, que para bien o para mal, es un artículo. "Si no puedes con tu enemigo, únete a él". Lo he intentado, al menos...
martes, 12 de febrero de 2013
¿Creencia o fanatismo?
Creemos un personaje, una niña, para explicar la vida de un testigo de Jehová. Pongámosle un nombre bíblico (como es costumbre). Sara (esposa de Abraham). Sara tiene seis años. Cada sábado asiste con sus padres a una reunión (parecido a la misa católica) en la que un hombre, llamado "anciano" (comparémosle con un cura), lleva a cabo un ritual (llamémosle misa), ritual en el que los asistentes tienen un papel relativamente activo. Además, Sara va con sus padres y otros "hermanos" a predicar (ritual del que hemos hablado al principio). Sara no puede jugar con otros niños de su colegio, ya que son "mundanos" y eso no es conveniente para ella. Sus amigos deben ser otros "hermanos", a los que verá en las reuniones que ya hemos mencionado. Llega la Navidad y Sara no puede cantar villancicos en el colegio, pintar árboles o estrellas fugaces o belenes o muérdagos, porque no es correcto, ya que Jesús no nació el 25 de diciembre, sino otro día. Pero no importa el día en que nació Jesús, dice su madre, pues el día en que naciste no debe ser celebrado. Será un día como otro cualquiera, no habrá felicitaciones ni por supuesto, velas que soplar. Tampoco habrá disfraces en Carnaval, ni mona en Pascua, y Sara deberá inventarse cualquier excusa para no asistir a los cumpleaños a los que sea invitada. Sara estudia la Biblia, una "hermana" va expresamente a su casa para prepararla, y que pueda ser bautizada más adelante, en una de las "Asambleas" que se celebran, especialmente en verano, concretamente en Benidorm. Sara tiene que someterse a una operación de apendicitis y sus padres no firmarán el papel por el cual los médicos pueden hacerle transfusiones de sangre en caso de complicación, poniendo así su vida en peligro, porque los testigos de Jehová no toleran ese "intercambio" de sangre, así como tampoco comen morcilla o cualquier alimento que la contenga. Sara no puede fumar, beber o salir con chicos que no "estudien la Biblia", y si resulta que sí lo hacen, no podrá mantener relaciones sexuales hasta el matrimonio, que se celebrará cuando ella cumpla dieciocho años, y se consumará con el primer hijo de la pareja, por lo que ella deberá abandonar sus estudios y permanecer en casa cuidando de su familia como una buena esposa, mientras el marido en cuestión también abandona los suyos para poder trabajar y ser un buen esposo. Este matrimonio no podrá divorciarse bajo ningún concepto, tan solo en caso de infidelidad, y si esto ocurriera, el "culpable" de dicha roptura sería "expulsado" de la Congregación, nadie podrá intercambiar ni una palabra con él, ni él con nadie, hasta que el "anciano" decida el futuro de este alguien. Sara educará a sus hijos de la misma manera que ella ha sido educada, y estos a los suyos, y así sucesivamente, porque si algo caracteriza esta creencia es la "fidelidad" de sus creyentes. Todo ello tendrá un único y valioso objetivo, EL objetivo: poder vivir eternamente en el "Paraíso" cuando todo acabe, cuando llegue ese "fin del Mundo" esperado, un final del que solo se salvarán los "hermanos", aquellos que hayan cumplido todo lo que Jehová ordena. Un final que cada vez está más cerca, un cataclismo que terminara con el planeta.
Cuando todo termine, ellos
revivirán, serán jóvenes y fuertes, no habrá enfermedades, los tigres
comerán hierba y ningún ser vivo se alimentará de otro... Eso es el
Paraíso, la vida eterna. Este es el perfil de un testigo de Jehová en la actualidad, en el país en el que vivimos. Dejaré que cada uno reflexione y juzgue por sí mismo, yo debo ser totalmente objetiva, y eso he intentado.
Dejaré ahora mi objetividad a un lado. Es difícil vivir con esa soledad, esa incertidumbre de creer que estamos solos en el Universo, abandonados a nuestra suerte, esa incertidumbre de no saber, no saber qué habrá después de la muerte. No es necesario que diga esto, creo que es bastante obvio: la muerte es lo que más preocupa al ser humano. Y digo el ser humano porque los animales no son conscientes de que van a morir, podríamos decir que tienen esa "suerte". Pero ¿qué nos sucederá a nosotros? Muchos diréis muy relajados y tranquilos que al morir os pudriréis en un nicho de granito o vuestras cenizas serán lanzadas al mar, por poner un ejemplo. Pero ahora reflexionad: ¿estáis cómodos pensando eso? ¿No os asusta? ¿No sentís un miedo, un vacío terrible en el cuerpo al pensar en cómo será dejar de existir? De ahí derivan las historias de fantasmas, los Paraísos prometidos o el Cielo o el Infierno o el (nuevo) Purgatorio. Y de ahí derivan también, en gran parte, las religiones. Mucha gente se mofa de las personas "creyentes", de aquellos que creen en un "Alguien" que todo lo ve, de aquellos que "viven para hacer lo correcto y volver a vivir en un mundo mejor", como es el caso del que hemos hablado. Pero ¿qué siente esa gente al pensar en la muerte? ¿Qué se plantea? ¿Con qué se consuela?
Es algo tan complicado que podría convertirlo en una tesis doctoral. La clave está en saber diferenciar entre simple creencia o un total fanatismo. Puedes creer para hacer de tu vida algo más fácil, por proporcionarte esa seguridad tan necesaria; el problema llega cuando vives para ello, cuando "vives para hacer lo correcto y así poder vivir una vida posterior porque esta no vale la pena". Lo cierto es que hagamos lo que hagamos, seamos quien seamos, al fin y al cabo todos tenemos el mismo final; así que tal vez sea preferible vivir lo más felizmente posible, solo "por si acaso", por si acaso ese "Nuevo Mundo" no llega nunca, porque de eso no podemos estar completamente seguros ¿no?
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